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martes, 14 de abril de 2015

TODO ES PARA SIEMPRE

Fotografía : Fran Gala @erfran72
 
 "Al fin y al cabo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos". 
 
(Eduardo Galeano)
 
 
Queridos pupiler@s:
 
Nos hemos resistido durante semanas a escribir estas líneas pero por motivos personales y profesionales nos vemos en la necesidad de dejar que La Pupila descanse.
 
Estos casi dos años cargados de fotografías, letras y sobre todo de vuestra inestimable compañía nos han aportado tantas alegrías y satisfacciones que nos faltan tinta y lentes para abrazaros a todos con el cariño y la intensidad que merecéis. Vuestro apoyo ha conformado el motor de este blog que nos ha hecho tan felices.
 
Os mandamos un beso virtual a cada uno. Este tiempo a vuestro lado ha resultado maravilloso. Gracias a todos de corazón. Os queremos.
 
 
 
Rosa @pink_wall y Fran @erfran72
 
 
 
P.D. Quizás algún día, quién sabe, entre caminos inciertos, paredes de piedra viva y recodos de alegría nos volvamos a encontrar. Porque todo es para siempre. 
 

 



lunes, 1 de diciembre de 2014

MÁS TRENES QUE MADRUGADAS



Fotografía: Fran Gala @erfran72


Acabo de ver pasar mi tren. O tal vez no haya sido en este mismo instante. Quizás haga ya un siglo desde que partió. No lo tengo claro porque no puse atención a su marcha cuando debí hacerlo.

Desde que lo vi salir vivo sumergido en una desorientación temporal. No sé cuándo es hoy, si mañana ya ha llegado, si el futuro existe o si simplemente me mantengo absorto en una ensoñación que me obliga a seguir adelante.

Siento miedo al intentar calcular cuánto tiempo hace que dejé partir el vagón al que sólo subió el que yo creía mi destino. Sólo recuerdo que su paso me sorprendió mirando embobado hacia otro lado. Y allí me quedé, anclado en al andén, sin capacidad de reacción. Desde entonces permanezco sentado en el banco de la estación. Creo que hace mucho tiempo de aquello porque me han crecido la barba, las uñas y la pena.

Me levanto con movimientos pesados y salto del apeadero a las vías con algo de dificultad. Me arrodillo frente a ellas. Ladeo la cabeza, la apoyo en uno de los travesaños e intento adivinar si se aproxima un tren nuevo. Los hierros incandescentes me marcan la mejilla para siempre. El dolor hace que, en un acto reflejo, me lleve la mano a la cara intentando adivinar el alcance de esa nueva cicatriz. Tengo la cara en carne viva y lo único que me arde es el pecho.

Tras explorar los estragos en mi rostro miro el mapa que conforman las palmas de mis manos. Por dejar pasar mi tren se me ha desdibujado hasta la línea de la vida. Por dejarlo ir, todas las fotografías que tomo desde la estación salen desenfocadas y en color sepia.

Benito, que lleva más de tres décadas de guardagujas, me dice al verme allí día tras día que no debería preocuparme. Que hay más trenes que madrugadas. Creo que haré caso de sus consejos. Al fin y al cabo no hay nadie en el pueblo que entienda más de asuntos ferroviarios que él. 

Texto: Rosa Muro @pink_wall

lunes, 24 de noviembre de 2014

NO ME ESPERES

Fotografía: Fran Gala @erfran72



No me esperes. No te recrees en los lodos del recuerdo de mis arrepentimientos. Ya no soy constante. Ni tan siquiera mantengo un atisbo de linealidad. Te empeñas en que volveré, negándote a aceptar que la constancia es, por fin, la más invisible de mis virtudes. No voy a regresar a ti.

No me esperes. No te marques días señalados ni lugares especiales. Deja ya de celebrar aniversarios, primeras veces y últimos abrazos. No pongas flores frescas en el jarrón ni me invoques en tu almohada para acariciarme el pelo. Ya es tarde.

No fabules. No sueñes con que un día me giraré buscándote entre el gentío, me arrancaré el corazón y te lo entregaré sin reservas de nuevo. No imagines que me abandonaré entre tus brazos otorgándote el perdón. Porque he crecido más allá de las nubes y no tengo intención de descender. Porque ya no soy quien era.

No me esperes. No me pienses en nuestro rincón favorito del jardín. No creas que llorarme allí a medianoche va a provocar cambio alguno. Me hiciste sentir la letra pequeña al final del contrato. Rescindo nuestra unión y te absuelvo de cualquier pecado.

Si acaso guarda una pizca de esperanza, la mínima posible. Pero no me esperes. Me mantengo al margen de la ley de lo esperado abriendo ojos propios y callando bocas ajenas. Mis decisiones ya no consienten la marcha atrás. Ahora marco mis propias reglas.

Ahora me quiero.


Texto: Rosa Muro @pink_wall

lunes, 17 de noviembre de 2014

LA SONRISA CONGELADA


Fotografía: Fran Gala @erfran72


Lucía una piel perfecta, bronceada en su justa medida y los ojos rasgados enmarcados por pestañas infinitas. Tenía un cabello largo y ondulado con reflejos dorados impecables y unas piernas eternas que hacían suspirar a quienes en secreto soñaban con ella. Se aparecía etérea a ojos de quienes la miraban. Se esforzaba hasta el agotamiento para proyectar esa imagen.

Sentía un rechazo carente de lógica hacia la sencillez. Pensaba que al presentarse ante los demás sin artificios sus defectos se tornarían evidencias. Creía firmemente que al adornar su aspecto y su actitud conseguía disfrazar inseguridades y miedos.

Pasaba horas enteras frente al espejo buscando imperfecciones que sólo vivían en su imaginación. Se preocupaba por arrugas todavía inexistentes y olvidaba que el surco que formaba su sonrisa  poseía más atractivo que cualquier lápiz de labios de precio inconfesable. Su propio reflejo sólo le devolvía una sonrisa congelada.

Llenaba de barroquismo sentimental el gran vacío que se negaba a admitir que sentía. Cuanto más retorcidas eran sus relaciones más se aferraba a ellas. Su mala suerte crecía en la misma proporción en que maquillaba su vida. Tuvieron que esfumarse su belleza, su juventud y el marido millonario con quien se casó pese a que no le hacía feliz. Tuvo que perderlo todo para encontrarlo todo.

Una noche, al saberse sola, sin un céntimo y con la piel ajada, se sentó frente al tocador. Comenzaron a brotar todas las lágrimas que no se había permitido derramar en el pasado. Su rostro se escondía tras capas de maquillaje que habían formado una máscara aparentemente imborrable con el  paso del tiempo. El llanto arrastró toda aquella pintura de guerra. Para su sorpresa ante ella se mostró un rostro sereno, surcado de pliegues, pero todavía hermoso.

Se le abrieron los ojos ya limpios hasta vislumbrar la clave. Había librado una gran batalla contra la visión que de sí misma tenían los demás. Una imagen enferma, distorsionada, que la mantenía confundida y la convertía en pobre de espíritu.  Le había costado más de siete décadas llegar a una conclusión tan simple como certera: En la sencillez reside la belleza.


Texto: Rosa Muro @pink_wall

lunes, 3 de noviembre de 2014

INVISIBLES

Fotografía: Fran Gala @erfran72




El amanecer despierta desesperanzado de nosotros. El alba ya no le echa ganas al mundo. Hace tiempo que no nos tiene fe. Los rayos de sol nos persiguen intentando acariciarnos la piel y casi siempre se quedan a las puertas de lograr templarnos. Nuestra prisa les esquiva y acaban finalmente dándose por vencidos. Se dan media vuelta cabizbajos y con los hombros encogidos. Nos dejan por imposibles, con la tez cetrina, sin brillo y la mirada opaca de sueños.

Corremos. Corremos intentando llegar a lugares que sabemos inalcanzables de antemano. Tenemos la certeza de que la perfección que anhelamos no existe. Y a sabiendas de todo esto nos aferramos a esa quimera. Nuestro afán nos envuelve en una necedad ciega que ni siquiera nos molesta. Rozamos los límites de la ridiculez y nos convertimos en seres absurdos y patéticos.

Escalamos cimas sin pararnos en los miradores a apreciar el paisaje. Empujamos a la cuneta a quienes creemos que nos puedan adelantar en la subida. Llegamos incluso a pisotear los  cuerpos sin vida de quienes se quedaron en el camino. Intentamos conquistar el fin del mundo cuando tan siquiera sabemos apreciar el regalo que supone el inicio de un nuevo día.  

Vivimos tan acelerados que nuestra esencia se desintegra. Nos acabamos desdibujando. No olemos, no sentimos, no palpamos. Perdemos la capacidad de ver a los demás. Nuestro propio reflejo se pierde. Somos invisibles.

Menos mal que la naturaleza, pese a su desesperanza hacia nosotros, es generosa y no se rinde. Nos sigue dando el voto de confianza que no deberíamos merecer. Por eso cada mañana vuelven los rayos de sol que parecían vencidos para darnos una nueva oportunidad. Quizás deberíamos probar a permanecer inmóviles y dejarnos templar. 


Texto: Rosa Muro @pink_wall

lunes, 30 de junio de 2014

DE BICICLETAS Y BRISAS

Fotografía: Fran Gala @erfran72



El sol ha desplegado toda su luz. Al fin. El verano ha comenzado. Abrid las ventanas de par en par, atesorad la brisa de la tarde y aferraos a los rayos que amanecen y que alimentan las almas. Rescatad las viejas bicis del trastero, pasead con ellas entre alamedas y silbidos y dejaos llevar cuesta abajo, con el viento pegado a la cara y la melena revuelta a gritos por la inercia de la alegría.

Echamos el cierre una temporada.. Toca descansar de letras, zooms y objetivos. Un descanso pequeñito. El tiempo justo para que podáis ir guardando imágenes e historias en una cajita, junto con las conchas y caracolas de la orilla de la vida. Así, cuando volvamos, abriremos todas esas cajitas y disfrutaremos como niños descubriendo su contenido.

Quedamos en septiembre para que nos mostréis las  marcas que durante este par de meses os ha dejado el sol sobre los hombros, la brisa en las mejillas y la grava en las rodillas. Que esta breve ausencia no nos borre del mapa de vuestras pupilas.

Nos vemos, nos sentimos, nos leemos.


¡Feliz verano pupiler@s!


¡Gracias siempre, GRACIAS!



Rosa y Fran


Texto: Rosa Muro @pink_wall

lunes, 23 de junio de 2014

EL AMIGO DE NICO

Fotografía: Norberto Santos @norbertosl

Queridos pupileros:

Como muchos sabréis nuestro blog tiene alma mitad sevillana mitad pamplonica. Es por eso que ya nos encontramos calentando motores para disfrutar de los festejos en honor a San Fermín. Esta semana queremos compartir con vosotros un pequeño relato con el que hemos participado en el IV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín, en el que se nos retaba a contar algún aspecto de las fiestas en tan sólo 204 palabras. Seguro que muchos de los que nos leéis desde Navarra os veréis reflejados en nuestro personaje. Esperamos que disfrutéis tanto leyéndolo como nosotros escribiéndolo. No ha habido suerte en el concurso, pero ya estamos con las pupilas bien abiertas en busca de ideas para la convocatoria del año que viene.
Os animamos a dejarnos un comentario sobre vuestra experiencia en los Sanfermines si es que habéis tenido la suerte de poder vivirlos en directo. Ahí va nuestra historia:





Corrió despavorido intentando escapar del cabezudo con cara de vinagre. Atravesó la plaza entre el gentío, ensordecido por el sonido de las charangas, buscando un escondite. Al ver el portalón entró sin pensar. El silencio le paralizó un instante, pero enseguida decidió que aquel lugar le gustaba.  

Se acercó a un banco y se sentó. El tintineo de las velas le tuvo entretenido un rato. Entonces le vió. Tenía la tez morena, sonrisa cercana y mirada chispeante. Le guiñó un ojo. A él le dio la risa y se tapó la boca intentando ocultar que le faltaba un diente.

-  Hola Nico. Hacía mucho que no venías por aquí.

Abrió los ojos como platos al escuchar su nombre. Se puso tan nervioso que le entraron ganas de hacer pipí.

-  No temas, pequeño. Tus padres vinieron a verme cuando naciste. Es normal que no me recuerdes.

Nico se puso colorado, balbuceó algo y salió corriendo atolondradamente empujando a su paso un atril que cayó al suelo con estruendo. El moreno soltó una carcajada.

Se abrió de nuevo la puerta de la iglesia y entró un grupo de turistas. Él se ajustó la mitra y recompuso el gesto estático. Pero sus ojos divertidos continuaban chispeando. 


Texto: Rosa Muro @pink_wall


lunes, 16 de junio de 2014

COSAS QUE YA SABES PERO QUE ME GUSTA RECORDARTE, AMOR



Fotografía: Fran Gala @erfran72



Amarte es caminar con pies de alivio sobre arena ardida.

Amarte es respirar con ansia ese viento que sé que me envidia.

Amarte es contar las horas en fracciones de desliz sin freno.

Amarte es reírme por fin de penurias, soledad y miedo.

Amarte es descubrir que hay noches claras dentro de los días.

Amarte es saber inventar manantiales entre dunas frías.

Amarte es compartir el pozo de deseos que no acaban nunca.

Amarte es abrigar tu piel hasta que la mañana despunta.

Amarte es no saber callar a mi cuerpo que te llama a  gritos.

Amarte y al fin anhelar que tú anheles mi desvarío.


Texto: Rosa Muro @pink_wall 


lunes, 9 de junio de 2014

UN DÍA DE FIESTA

Fotografía: Fran Gala @erfran72





¡Saludos, pupiler@s! 


Esta semana continuamos con nuestras colaboraciones mensuales de otros escritores diferentes de Rosa Muro (@pink_wall). Esta vez le hemos hecho llegar una de las fotografías de Fran Gala a nuestro amigo Ricardo García para que inventara una historia cuyo resultado nos ha enganchado de principo a fin. Como comprobaréis, es más larga de lo habitual, pero nos ha gustado tanto que pensamos que  no le sobra ni una coma. Esperamos que el resultado os agrade tanto como a nosotros. ¡Gracias Ricardo! Estamos seguros de que vais a disfrutar de su pericia con las palabras, su imaginación y su creatividad. Si os quedáis con ganas de más podéis leerle en netbookk, un rincón maravilloso cargado de sugerente sensualidad. 
Os dejamos ya con su relato:




-         Ya se acercan, papá – me dice Pablo, bajando rápido de la silla y asomándose a la puerta.

Al fondo de la calle ya se pueden escuchar los tambores y empiezan a verse los primeros gigantes y cabezudos. El desfile está a punto de llegar a la puerta del Bar de Manolo, porque para mí siempre será así, por mucho que quien esté ahora detrás de la barra haya venido de muy al este, tenga los ojos rasgados y casi no sepa hablar nuestro idioma.

-         ¿Cuánto es? – le pregunto al camarero.

-         Un eulo – me contesta, con ese acento particular, y sonriendo tan amable como siempre.

-         Aquí tiene. Gracias – me despido con una media sonrisa, dejando una pequeña propina.

Y aunque no podría jurar que fuesen los mismos, al fin y al cabo, es gracias a ellos por lo que puedo estar ahora de nuevo en mi ciudad, a la que no había vuelto desde hacía muchos años…

-         Vamos Papá, que ya llegan – me recuerda Pablo estirándome nervioso de la manga. Excitado ante la posibilidad de ver, por fin,  a los Gigantes y Cabezudos de los que tantas veces me ha oído hablar.

Hoy es el día grande de las Fiestas Patronales, que empezaron ayer y acabarán mañana. Pero en ocasiones, si el calendario lo permite, la ciudad se contagia de la alegría de la incipiente primavera y empalma uno detrás de otro hasta cinco días de fiesta en los que le dice adiós al riguroso invierno de estas tierras para recibir con fiestas, pasacalles y mucha alegría, a las flores, al sol y a la nueva cosecha, símbolo de prosperidad. 

Esos días de fiesta de hace unos cuantos años, fueron mi punto de inflexión, el momento, la oportunidad que aproveché, desesperado, para acabar con una temporada aciaga de mi vida que había comenzado cuando cerraron la fábrica para recalificar los terrenos y tuve que empezar a aceptar trabajos por cuatro duros. Mientras hubo obras en marcha la cosa fue medio bien, me apañaba con la paleta y sabía de electricidad, pero llegó la maldita crisis y las cosas se torcieron aún mas. Maria enfermó y su enfermedad no solo se llevó la alegría de la casa, sino que consumió buena parte de los ahorros que habíamos podido reunir durante tantos años de esfuerzo. Al final tuvimos que malvenderlo todo a estafadores y usureros que aparecieron por allí oliendo la carroña, como un tal López, que enseguida se hizo muy amigo del alcalde. Juntos, querían echarnos de nuestra casa porque al recalificar unos terrenos cercanos, la Ley nos obligaban a pagar las obras de urbanización a los vecinos y muchos de nosotros no podíamos hacerlo. El banco, junto con López y el alcalde, habían planeado la jugada para hacerse con todo y construir una urbanización de lujo.

Pero justo cuando estaba más desesperado, un pequeño golpe de suerte hizo que me saliera un trabajo en el banco para arreglar los baños y hacer algunas chapucillas en la sucursal. Como querían gastarse poco dinero, acepté trabajar en negro, los fines de semana y por las tardes. No tuvieron más remedio que dejarme ver los planos ya que las instalaciones eran muy viejas y podía acceder a todas las dependencias del banco. Una tarde, estando revisando la instalación eléctrica, me di cuenta de lo fácil que sería entrar por un tabique muy delgado que comunicaba con la tienda de al lado, pero deseché la idea. Lo mío siempre había sido trabajar. Al fin y al cabo yo era una persona honrada, pensé para mis adentros. Pero al día siguiente mientras revisaba el falso techo escuché sin querer, a través de los conductos de ventilación, una conversación en el despacho del director, que me hizo cambiar de opinión...

Escuché la voz del Alcalde, también pude distinguir que estaban López, una mujer y el director. Entre los cuatro hablaban de repartirse un suculento adelanto que recibirían de la constructora a la cual le habían prometido unos terrenos donde construir una urbanización de lujo y un campo de golf. 

Según decían, el dinero, varios millones, llegarían en efectivo el viernes siguiente justo antes de empezar las fiestas y el director se encargaría de guardarlo en una de las cajas de seguridad: la 533, la de López: “la más grande”, les escuché bromear entre carcajadas.

En ese momento decidí que esa sería mi oportunidad. Así que lo preparé todo para dar el golpe durante las fiestas del pueblo. Bastó con dejar unos falsos tabiques tapados con placas de escayola, un acceso por el falso techo a la sala de las cajas de seguridad y un circuito eléctrico alternativo para inutilizar las cámaras de vigilancia durante unas horas. Del Bar de Manolo, donde comía a diario, me procuré unos restos de bocadillos y latas de bebidas vacías, lo metí todo en el congelador dentro de bolsas, procurando no dejar huellas. En dos días ya lo tenía todo preparado, y solo quedaba esperar.

El viernes por la mañana pude ver como un furgón blindado dejó varias sacas de dinero que el mismo director se encargó de guardar. Por la tarde le dije al interventor que tenía que salir antes y me marché dando un fuerte portazo. En realidad, volví sobre mis pasos sin que me vieran y me escondí en un hueco que había preparado en el almacén moviendo una estantería medio metro hacia delante esperando a que todos se hubieran ido.

Pasadas las dos de la madrugada, cuando estuve seguro de que no quedaba nadie y aprovechando el ruido de la verbena en la plaza, hice un agujero en el tabique que comunicaba con la tienda de al lado, moviendo los escombros para dejarlos dentro del banco y tapé mi escondite con los tabiques de pladur y la estantería. Por el hueco que había preparado en el falso techo me colé dentro de la sala de las cajas, anulando las cámaras y las luces con el puente eléctrico que había instalado y busqué la 533. No me resulto difícil reventar la cerradura y sacar el contenido. Efectivamente había muchísimo dinero, todo en billetes de 100 y 200 euros, algunos documentos y dos libretas negras. Lo guardé todo en una mochila, y antes de marcharme tuve la precaución de dejar esparcidos por el suelo varios de los billetes y los restos de comida congelada. Además abrí otras cajas y tiré por el suelo todo lo que se encontraba dentro, organizando un pequeño caos. Al cabo de media hora, salí del banco por el boquete que comunicaba con la tienda y desde allí escapé por la puerta de atrás que daba a un callejón. rompiendo la cerradura por fuera para hacer ver como que la habían forzado. 

Dos calles más abajo había un solar, limpiado de escombros recientemente, donde López pretendía construir un hotel. Salté la tapia y escondí la mochila en el hueco de una vieja chimenea que había al fondo, tapé el agujero con una madera que había dejado allí. Volví al callejón y me quité el mono, los guantes y la gorra que llevaba. Los metí en una bolsa de basura y los arrojé a un contenedor tres calles más para allá. Rodeando la verbena de la plaza, me fui hacia el bar de Manolo, antes de entrar cogí una pequeña botella de coñac que había preparado, le eché un trago, me tiré el resto por encima, y entré dando tumbos en el bar. 

No me fue difícil encontrar unos jovencitos forasteros con ganas de bronca. Me costó una paliza y pasar entre el cuartelillo y el hospital esa noche y todo el día siguiente, pero ya tenía fabricada la coartada perfecta. Cuando el lunes por la mañana entraron a trabajar al banco, yo estaba saliendo de las urgencias del hospital acompañado por un enfermero, con un brazo en cabestrillo, el ojo morado y contusiones en todo el cuerpo. Por supuesto no puse ninguna denuncia, y cuando la policía me fue a buscar a casa como sospechoso por el atraco, solo tuve que enseñarles el parte de lesiones del Hospital. Registraron toda la casa, la furgoneta, el patio … me estuvieron interrogando muchas horas y me llevaron a comisaría para comparar mis huellas, pero al cabo de dos días, me dejaron tranquilo.

Ese mismo jueves, fui al banco a decirle al director que no podía acabar las obras de la sucursal; a cobrar por el trabajo realizado y a decirles que si querían les enviaba a un amigo que las podría terminar. Me recibió visiblemente nervioso, sin casi mirar mi factura me pagó en efectivo y me dijo que no hacía falta que viniera nadie, que ya se las apañarían. Al salir hablé con la interventora que me contó como la policía había tomado huellas de todos los empleados y de que le habían comentado que el trabajo parecía obra de unos profesionales que buscaban algo en concreto. Todos ellos eran sospechosos, el Director sobre todo.

Tardé dos semanas en volver al solar. Una madrugada recuperé la mochila y con la excusa de que tenía que descansar de la paliza, me marché lejos con Pablo. Paramos en un camping, a mucha distancia de nuestra ciudad y allí pude ver, por fin, lo que tenía la mochila. Más de tres millones de euros en billetes usados de todos los tamaños en paquetes sellados al vacío; documentos de escrituras de propiedades a nombre de López y de otras personas y, lo mejor de todo: las libretas. Una relación detallada de nombres, fechas y cantidades pagadas, a políticos y funcionarios municipales de varias ciudades como prueba irrefutable de sus sobornos y malas artes.

El dinero lo guardé en un escondite que construí, al volver, en casa y continué con mi vida normal. Poco a poco, pasó el tiempo. Pablo iba creciendo y eso me permitía dejarlo con una tía contándole la excusa de que me había salido un trabajo en otra ciudad. Fui cambiando, sin prisas, todo el dinero hasta hacerlo desaparecer. Con el dinero limpio, me compré una pequeña casa en una ciudad al otro lado del país, la reformé, la amueblé y abrí un comercio. Al cabo de tres años, cogí a mi hijo, cerré la casa y desaparecí. Mientras, aprovechando cada viaje, iba dejando cartas anónimas con fotocopias de las libretas de López destinadas a dos conocidos periodistas. Poco a poco les fui enviando las piezas de un puzzle que solo se podía componer si juntaban las informaciones que les había ido enviando. Al final, le conté la verdad a uno de los dos y este publicó inmediatamente su parte, el otro se dio cuenta rápidamente de que lo que tenían en las manos era una bomba y, sin que sirviera de precedente, decidieron colaborar. 

A López lo pillaron tratando de cruzar la frontera de Brasil escondido en un camión de piñas. Al alcalde y al director del banco les acusaron de complicidad y les cargaron el muerto del atraco. Uno a uno fueron cayendo concejales, secretarios y toda la trama de políticos y funcionarios corruptos y, al final supe de carambola, quién era aquella mujer que escuché hablar en el banco: la abogada de la compañía constructora que pagó, con su cargo y varios años de cárcel, las culpas de su empresa. Una vez todo estuvo en orden quemé las libretas.

Hoy, es día de Fiesta y volviendo a ver desde la acera en enfrente, la estatua del ángel alado que corona el edificio del banco, en la misma puerta del Bar de Manolo y con Pablo a mi lado, disfrutando de las risas y de la música, no puedo dejar de sonreír al pensar en que la única persona que podía haberme delatado, la única que sabía que había jurado dejar de beber sobre la tumba de Maria, la que me había escuchado todas las penas durante años y sabía exactamente por todo lo que había tenido que pasar: Manolo, el del Bar, hubiera recibido, casualmente, una suculenta oferta por su local a los dos meses del atraco por parte de un abogado que después de vaciarlo, lo mantuvo cerrado durante un año, hasta que se lo vendió a unos chinos.

Miro la estatua y pienso en Manolo: en las veces que me había confesado su sueño para cuando pudiera jubilarse y marchar al sur, al pueblo de sus padres a tostarse al sol y pescar. Pienso en su mirada interrogante aquella noche y en el leve guiño que le mandé antes de recibir el primer puñetazo. 

Nunca volví a saber de él, pero me consta que todas las navidades, mi tía que también lo conocía y a la cual nadie va a tirar de su nueva casa, recibe una postal donde se ve una playa llena de barcas de pescadores. No lleva remitente y solo pone: “Feliz día de fiesta”, pero para mí, eso es más que suficiente.


Texto: Ricardo García
Twitter: netbookk
About.me:  netbookk

lunes, 26 de mayo de 2014

UNA PUERTA AL PARAÍSO

Fotografía: Fran Gala @erfran72

¡Saludos, pupiler@s! 

Esta semana continuamos con una serie de colaboraciones de otros escritores diferentes de Rosa Muro (@pink_wall). Esta vez le hemos brindado una de las fotografías de Fran Gala a nuestra maravillosa Mara para que inventara una historia llena de encanto, tal y como es ella. Esperamos que el resultado os guste tanto como a nosotros. ¡Gracias Mara! Esperamos que disfrutéis de su delicadeza con las letras, su dulzura y su sencillez. Si os quedáis con ganas de más podéis leerle en villamara, su maravillosa casa.


  

No sé bien donde estoy, ni si he llegado. Con los ojos abiertos sólo veo oscuridad. Si los cierro, vislumbro una puerta estrecha pero enmarcada de vida, abierta de par en par para mí y mi bebé, tapizada de esperanza por sus bordes, plena de savia fuerte, alimentando hojas verdes y frescas, escupiendo oxígeno puro y gotas de agua dulce. Así debería ser la entrada de cualquier paraíso; el que yo sueño, el que sueñan los que dejé atrás y los que me acompañan en este viaje: el paraíso es una promesa de futuro, con una puerta tras otra que traspasar…

Respiro hondo y despierto del todo. Por fin he dejado atrás el viento abrasador que quema los pulmones en la aldea donde viví, pobre y hambrienta, con sus ramas secas, sus maltrechas casas de adobe y la tierra árida que se abre en dolorosas grietas, alimentándose con savia de sangre de los que se matan por un puñado de maíz. Ahora noto la brisa del mar tumbada en la orilla; otra puerta superada…

Está amaneciendo y veo las primeras luces del día. Siento dolor y sed, pero mi bebé ha despertado y gime en mi regazo. Por él hago el esfuerzo y aparto el salitre de su mejilla de ébano. Se mueve inquieto buscando el dulce de la leche de mi pecho. Una gota más que no sé si puedo ofrecerle. El viaje en la barcaza, atravesando el mar, ha agotado lo poco que queda de mí; días de terror apartada en la popa, arrinconada por el resto mientras protegía al pequeño bulto atado a mi cuerpo, todos apretados gritando sin eco al vaivén de la furia de las olas y la inclemencia del sol.

“Tranquila. Están bien. Le ayudaremos…”, suena una voz fresca y cantarina a mi lado. Brota de un rostro compasivo y luminoso, de intensa mirada verde. Quiero creerla y me permito vivir, descansar y soñar con una nueva puerta al paraíso... 


Texto: Maria José Barroso

Twitter:  @Mara_BC

lunes, 19 de mayo de 2014

EL ABUELO



Fotografía: Fran Gala @erfran72



Al principio de perderte temí olvidarme tu rostro. Tu piel curtida por el sol, las arrugas que conformaban el mapa de tu historia. Aquella media sonrisa de dientes intermitentes. Pero sobre todo me aterraba que de mi memoria se fuese atenuando el recuerdo de la chispa de tus ojos, cada vez más chiquitos, de un azul tan intenso como el mar que jamás te cansabas de mirar. Yo creo que por eso tenían aquel color tan increíble. Si te asomabas mucho a ellos te acababas sumergiendo en tu Mediterráneo del alma.  

Ese miedo a tu olvido se atenúa gracias a la certeza de que siempre voy a recordar tu olor. Olías a tabaco de liar, a caramelos de café y a loción de afeitado de la de toda la vida. Así, todo junto. Cuando echarte de menos se hace insoportable siento ganas de salir corriendo a comprar esas tres cosas e intentar hacer la mezcla para probar si, tal vez, con el experimento, volvieras durante un ratito a mí.

Siento pena. Pena infinita. Y rabia a raudales. Pena por no haber podido despedirme. Rabia porque tu partida ha privado a mis hijos de disfrutarte como todos merecíais. Tus nietos apenas te recuerdan. Ya casi no me preguntan aquello de por qué no te dejan volver del Cielo aunque sea por sus cumpleaños. El tiempo, cuando eres pequeño, actúa de bálsamo y la mente se acaba ocupando en juegos y nuevas aventuras. Ojalá yo pudiese volver a ser niño.

Pese a todo me siento afortunado. Sé que cada vez que quiera puedo volver al malecón y explicarles a los chicos que aquel era tu lugar favorito. Sé que puedo sentarme en tu rincón preferido, asomarme al mar y adentrarme de nuevo en tus ojos. A veces incluso tengo la sensación de que la espuma de las olas huele a loción de afeitar. De la de toda la vida. 


Texto: Rosa Muro @pink_wall

lunes, 12 de mayo de 2014

LA CONDENA

Fotografía: Fran Gala @erfran72


Hace tanto tiempo que me condené a esta vida que ya ni siquiera recuerdo el motivo. Me consumo en desaliento, encerrada a cal y canto entre estas cuatro paredes que parecen estrecharse conforme pasan los días. No me importa. La claustrofia no me afecta porque yo lo he decidido. He clausurado ventanas con cemento de polvo de arena y lágrimas turbias. Las puertas están cegadas con el mismo material. Todo hecho desde dentro, así no levanto sospechas. Con ese mismo cemento me acoracé el corazón.

Todos los días, al alba, reviso las paredes palmo a palmo en búsqueda de la grieta más nimia. Intento impedir que un resquicio de luz cometa la osadía de rozarme sin permiso. Abro los ojos únicamente porque no hay ser humano en el mundo capaz de vivir sin pestañear. Si por mí los mantendría cerrados día y noche. Pero es un reflejo involuntario, como respirar, como los latidos.

Vivo atada de pies, manos y esperanzas. No me fío de mí misma, porque sé que, si los suelto, cabe la posibilidad de que no pueda volver a doblegarlos nunca más. Una vez los dejé libres y no volveré a repetirlo. La nitidez del recuerdo me lacera los sentidos.

Aquel día el tiempo cambió y amenazaba tormenta. Los remolinos se agolpaban alrededor de la casa ululando en mis oídos. El más insistente de todos venció con fuerza un postigo. Y entraron el aire, la luz, las ganas, el desvarío… Entre ellos, camuflado, te colaste tú. Venías disfrazado de brisa liviana, de esas que alivian. Reventaste mi coraza con los iris encendidos.

Pero tu calor duró poco. Fue perdiendo fuerza y se consumió en un lapsus de tiempo que se me antojó un suspiro. Así son los remolinos. Llegan de golpe, marean, arrastran todo a su paso, cuando se marchan devastan lo que ven en su camino.

Y volví a quedarme sola.  De nuevo sola. Encerrada, con mis ganas y envuelta en mi desvarío. Me bebí de trago los gritos de súplica e impedí que el sol volviera a entrar.

Hace ya tanto tiempo que me condené a vivir así que ya ni siquiera recuerdo el motivo…


Texto: Rosa Muro @pink_wall




lunes, 5 de mayo de 2014

EL TERRATENIENTE

Fotografía: Fran Gala @erfran72

"Don José ha muerto", ese era el comentario en el pueblo. No se sabían la circunstancias que habían concurrido para que el terrateniente del pueblo apareciera muerto.

Todos tenían conocimiento de sus muchos enemigos, tantos como negocios turbios se traía entre manos. Pero en un pueblo como aquel, alejado de la carretera principal, la imaginación volaba tan rápido como lentas pasaban las horas.

"Lo han envenenado", decían unos. "Le han cortado la garganta", apuntaban otros. Pero la realidad era bien diferente...

Una realidad más turbia si cabe; se lo había encontrado el ama de llaves al amanecer, desnudo, atado a una silla y con los pantalones a la altura de los tobillos.

Ya lo decía mi madre: "Hijo mío, hasta para morirse hay que tener dignidad".
Texto: Fran Gala 
Twitter: @erfran72

lunes, 28 de abril de 2014

PEQUEÑO ROMANCE

Fotografía: Fran Gala @erfran72


¡Saludos, pupiler@s! 
Ya estamos de vuelta de las vacaciones de Semana Santa. Hoy retomamos nuestra serie de colaboraciones de otros escritores diferentes de Rosa Muro (@pink_wall), nuestra escritora habitual. En esta ocasión os mostramos el trabajo de una contadora de historias de excepción, Mercè Roura. Le hemos brindado una de las fotografías de Fran Gala y partiendo de esa imagen nos va a sumergir en ese mundo maravilloso que sólo ella es capaz de crear. Esperamos que disfrutéis de su pluma dulce, delicada y cargada de sentimiento. Si os quedáis con ganas de más os animamos a que la sigáis en su blog mercerou.wordpress.com, donde podréis disfrutar de todas sus historias, que están cargadas de sabiduría, belleza y atracción y detalles. Os dejamos con su relato:



Ella le quería. No preguntéis por qué ni cómo. No hay razones para quedarse prendido de alguien como un broche de alfiler y esperar a que te mire aunque no te vea. No hay que buscar sentido en lo que no tiene sentido ni lógica en lo que se mueve por ansia. Su amor era gigante. Su desespero era rotundo. Aquel amor inesperado ocupaba sus pensamientos y golpeaba su pecho una y otra vez para recordarle que era imposible, que tras la puerta de la realidad se ocultaba la fea cara de la indiferencia.

Ella le encontraba sin buscarle. Por no molestar, ni exhibir un amor loco que cansaría al más paciente de los amantes, incluso a ella la agotaba tanto amor concentrado en su pequeño cuerpo ávido de caricias. Y paseaba con su vestido rojo para intentar impactar, atravesar sus neuronas y llenar sus entrañas huecas...

Ella le adoraba mientras él remoloneaba para distinguir entre el deseo y el sueño, entre la pasión y la vida... Entre amar o seguir bailando sin mirar el reloj. Ella esperaba en un rincón de su vida, con los ojos abiertos para no perder detalle y los labios rojos deseando cruzar sus labios y dibujar el más tibio de los besos, el más ronco de los jadeos, la más fuerte de las embestidas...

Ella era sal y él un cuerpo insulso tirando a dulzón, un dulce de artificio que ella conocía, que ella intuía era falso... Le mentía cuando fingía escucharla. Le mentía cuando le decía que le importaba... Sencillamente le gustaba tenerla para no tenerla y saber que ella le amaba para no amarla...

Ella era mar y él roca con aristas cortantes. Ella le acariciaba con sus palabras y él laceraba sus defensas con sus miradas. Ella sabía que él no merecía sus besos ahogados con lágrimas. Él a veces parecía querer sucumbir y dejarse querer y otras rasgaba sus intentos de cariño con sus garras afiladas. 

Ella se dormía pensando que mañana quizás o tal vez nunca. Él no dormía nunca. Convertía las noches en madrugadas y los días en aletargados monólogos que ella escuchaba con ganas, esperando darle una respuesta que llenara sus fauces voraces y encontrar una palabra para llegar a su corazón de piedra.
Ella quería ser otra para que él la deseara. Él hubiera querido que fuera otra para poseerla.

Ella era una luna con halo rojo y él un sol cercano que quema y que araña. Ella era sauce lloroso y caído. Él era una hiedra que trepaba hacia mil ventanas. Nunca la de ella, nunca esta noche es la noche. Nunca esta mañana es la mañana. Ella quería ser hermosa y él disfrutaba ignorándola...

Él la miraba de reojo y ella siempre se enfrentaba a su rostro y le aguantaba la mirada... Conocía todos sus guiños y los mil caminos que le surcaban la cara. Era casi rudo, casi hermoso, casi dulce, casi de todo y en poco de nada... Y de todas formas le amaba. Porque el amor no se escoge.

Él siempre pensaba en sí mismo primero y ella, cuando se acordaba de que existía, también pensaba en ella misma.
Pasaban los días y él era aún la roca afilada y ella aún esa ola que lo acariciaba e intentaba erosionar sus defensas... Por si el amor llega. Por si un día está tan solo que se les escapa un abrazo y prueba un beso.

Y pasaron cien años y la roca permanecía inalterable y el amar aún danzaba sin parar... Ella se vestía de rojo aún por si él se daba cuenta de que existía y él nunca la miraba, nunca.

Hacía cada vez más frío y la calle cada día parecía más estrecha. En algún punto tendrán que encontrarse nuestros cuerpos cansados, pensaba. En algún momento, se decía, necesitará morar en mi piel porque no le quedará otra piel donde pasar la noche y llegar a la madrugada.

Y cuando alguien le preguntaba por qué, ella siempre decía que no tenía ninguna razón más que el puro delirio de soñar que sucedía... Y que estaba cansada y que ya no podía... Que cada día se levantaba por si acaso y cada noche se prometía no volverlo a intentar.

"Es que me necesita tanto y no lo sabe... Yo me conformo con quererle y él se conforma con que le quiera".

Texto: Mercè Roura @merceroura

lunes, 14 de abril de 2014

EL DESCANSO DEL GUERRERO



Fotografías: Fran Gala @erfran72


Queridos pupiler@s:

Llegan las vacaciones de Semana Santa y La Pupila se toma un descanso. Disfrutad de las fiestas, tanto si sois creyentes como "disfrutantes". Si os consideráis ambas cosas, ¡gozad el doble! Aprovechemos todos para desconectar y así regresar con más fuerza y más ganas. 

Sobre todo recordad:

"La risa son unas vacaciones instantáneas"
 (Milton Berle)

 
¡Nos vemos en quince días!


 
Rosa Muro @pink_wall

lunes, 7 de abril de 2014

SOY FELIZ

Fotografía: Fran Gala @erfran72



Me deslizo por la felicidad con sonrisa limpia y ojos chispeantes. La saboreo con fruición, a sabiendas de que se trata del manjar más codiciado. Disfruto de cada segundo del bienestar que me proporciona. Lo hago sin ansia, simplemente me regodeo en ella. Dejo que se deslice por mi piel y me erice el nacimiento del cabello a la altura de la nuca.

La encuentro por doquier. Está en gran parte de las personas que me rodean. Supongo que el truco consiste en saber aceptar a los que conforman mi familia tal y como son y  en elegir con tino a los amigos. No tiene misterio. Quedarme con quien me hace sentir bien, con quien no me obliga ni me fuerza, con quien no me regala el oído. Apostar por la alegría y alejarme de los dramas innecesarios, de los tristes que desgastan.

Ser feliz es tener buen ojo para acertar a la hora de pisar los caminos adecuados. Caminos cuyo destino poco importa. Aprender de la vida que lo primordial es saber disfrutar de cada elección en los cruces,  de cada polvareda provocada por el viento, de cada descanso para retomar fuerzas bajo un árbol a pie de carretera.

Ser feliz es saber dejar correr el agua para que no se estanque. No dejarse dentro ni una sola caricia, ni un solo beso, ni siquiera un reproche. Ser feliz es saber regocijarse en las cosas más pequeñas. Apreciar los detalles y disfrutar compartiéndolos. Porque todo mejora en la compañía adecuada.


No sufro por si un día acaba. No lo va a hacer. He encontrado la clave y es simple. Si lo deseo seré feliz. No depende de nadie ni de nada. Así de complicado. Así de fácil. La felicidad depende de mí. Estoy viva. Soy feliz. 

Texto: Rosa Muro @pink_wall

lunes, 31 de marzo de 2014

LA INDIFERENCIA

Fotografía: Fran Gala @erfran72

Todos los días la misma rutina. El locutor de su emisora favorita le despertaba cada mañana a las 7:00. Apagaba la radio de un manotazo, refunfuñaba un rato y se hacía el remolón. Finalmente se levantaba, se despojaba del pijama camino de la ducha, lo dejaba tirado sin importar dónde caía y después desayunaba lo que ya encontraba preparado en la mesa del comedor.  Devoraba la prensa económica alternando la vista del plato al periódico y viceversa. Todas las mañanas.

Al acabar la jornada volvía tarde a casa, cansado y de mal humor. Daba un portazo al entrar que hacía tintinear las lágrimas de cristal de la lámpara de la entrada. Invariablemente. Encendía el televisor con el volumen prácticamente al máximo mientras arrojaba el abrigo y el maletín sobre el sofá, se aflojaba el nudo de la corbata y se sentaba a la mesa. Todo lo encontraba a punto, cada plato preparado con esmero, ni muy frío ni muy caliente, con una cuidadísima presentación. Todas las noches.

Al final el silencio le pudo. Le ganaron la batalla la desgana, la desidia y la dejadez. No pudo con más portazos  ni más tintineos, no soportaba más despertares con aquel locutor insufrible a todo trapo, no iba a consentir más cenas sepulcrales ni más maletines abandonados a su suerte por doquier. Pero por encima de todo le desgarró la indiferencia. Ella se cansó de ser invisible.

Aquella noche planchó el vestido que a él más le gustaba. Se recogió el cabello, se maquilló con esmero, puso los mejores cubiertos en la mesa, la cristalería más cuidada, cocinó su plato favorito y esperó a que él volviera del trabajo.

Tras el golpe de la puerta y el correspondiente tintineo de cristal constató que él seguía sin verla. Pese al vestido, al perfume y al carmín de sus labios. Aguardó a que se aflojase la corbata y se sentase a cenar. Entonces le dedicó su mejor sonrisa, aun a sabiendas de que él no se iba a percatar. Se dió media vuelta y se dirigió con aparente calma hasta la cocina, con la sonrisa petrificada en la cara. Respiró hondo, abrió el cajón de los cubiertos y cogió el cuchillo más grande que encontró. 


Texto: Rosa Muro @pink_wall