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lunes, 23 de septiembre de 2013

LAS CALLES MUERTAS

 
Fotografía: Fran Gala @erfran72




Al salir de la iglesia el día le cegó. Siempre le ocurría igual cada vez que volvía al pueblo. Se sentía envuelto por una luz diferente, más intensa, más blanca. Tal vez se debiera a que las fachadas que el Ayuntamiento obligaba a blanquear cada temporada actuaban de espejo y todos los rayos apuntaban inexplicablemente hacia él. Siempre. Se despidió de los asistentes con un ligero movimiento de cabeza. No había sido un funeral multitudinario, pero tampoco esperaba mucho más. Su padre nunca tuvo buen carácter ni ganas de hacer amigos. Ni en casa ni fuera de ella.

Se dirigió con paso lento hacia el único bar del pueblo. Siempre que pensaba en su progenitor lo recordaba en la terraza de aquel bar. Volvía del campo, se cambiaba las botas manchadas de tierra por unas zapatillas de esparto, se lavaba las manos y sin decir palabra se dirigía hacia allí. Pedía una cerveza, liaba un cigarrillo, lo encendía y lo dejaba consumir entre los dedos mientras veía a los paisanos desfilar delante de él. Todo ello sin mediar palabra. Siempre solo.

El local estaba cerrado. Se sentó en una silla desvencijada que había junto a la puerta y se encendió un cigarro. No tenía cerveza que acercarse a los labios pero aun así fijó la mirada al frente. Exactamente igual que solía hacer él. Pero ahora ya no había nadie a quien observar. El pueblo estaba desierto. Las fachadas seguían encaladas pero los socavones de la calle continuaban sin arreglar. La barandilla de la terraza necesitaba una mano de pintura. Hasta los tiestos que adornaban la acera habían dejado morir a sus propias plantas.

No había sentido pena durante el proceso de la enfermedad. Ni siquiera en el sepelio. No le habían emocionado las palabras del párroco, ni los pésames, ni siquiera el lúgrube sonido del órgano de la iglesia. Nada. Se sentía hueco por dentro. Pero de pronto la nostalgia se apoderó de él. Se le anudó a la garganta, le trepó por la nuca y se le aferró a los ojos. Se le mezcló con la luz que irradiaban aquellas malditas fachadas. Y rompió a llorar.   

Lloró por aquel hombre huraño y solitario. Por una infancia triste en blanco y negro. Lloró por los gestos de cariño que se perdieron en el camino. Y por aquel pueblo ahora muerto. Muerto como su padre. Lloró porque a pesar de lo que él le había reprochado mil veces, los hombres sí lloran. Y las lágrimas no cesaron de brotar hasta que el cigarrillo se le consumió entre los dedos. No paró hasta que a aquellas macetas les volvieron a brotar flores. Porque ya no había nadie a quien mirar pasar. 


Texto: Rosa Muro @pink_wall



martes, 25 de junio de 2013

UN VESTIDO DE CEREZAS



¿Recuerdas aquel verano? Tú apenas tenías catorce y yo tan sólo un par de años más. La primera vez que te vi aparcabas una bicicleta destartalada junto a la vieja librería del pueblo. Llevabas el pelo recogido en un moño sujeto con un lápiz y aquel vestido corto estampado de cerezas. Tu falda bailaba al son del viento y te faltaban manos para hacerla entrar en razón. Yo te observaba desde la otra acera, fascinado con cada uno de tus movimientos, preguntándome si eras real. Más tarde me confesaste que aquel día tú también te habías fijado en mí.

Los amores de verano son estupendos y el nuestro no fue la excepción. Reíamos por tonterías, compartíamos secretos y nos besábamos hasta que se nos dormían los labios. Me contaste que sentías una atracción por los molinos de viento que rozaba la obsesión y que te morías un poquito si te alejabas demasiado del mar. Decidí crear para nosotros el lugar ideal. No necesité mas que un par de cuerdas resistentes y un tablón. Lo demás ya estaba allí esperando a que lo hiciéramos nuestro.

Fue allí donde pasábamos las horas y es allí a donde acudo a refugiarme cuando me invade la nostalgia o busco algo de paz. Me siento en el columpio que fabriqué para ti, ahora envejecido por el paso del tiempo y el salitre, cierro los ojos y escucho la sinfonía que componen las aspas de los molinos, el romper de las olas y el recuerdo de tu risa. Es como si regresarais tu vestido de cerezas y tú. Y vuelvo a tener dieciséis. Y me hormiguean los labios.