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lunes, 12 de mayo de 2014

LA CONDENA

Fotografía: Fran Gala @erfran72


Hace tanto tiempo que me condené a esta vida que ya ni siquiera recuerdo el motivo. Me consumo en desaliento, encerrada a cal y canto entre estas cuatro paredes que parecen estrecharse conforme pasan los días. No me importa. La claustrofia no me afecta porque yo lo he decidido. He clausurado ventanas con cemento de polvo de arena y lágrimas turbias. Las puertas están cegadas con el mismo material. Todo hecho desde dentro, así no levanto sospechas. Con ese mismo cemento me acoracé el corazón.

Todos los días, al alba, reviso las paredes palmo a palmo en búsqueda de la grieta más nimia. Intento impedir que un resquicio de luz cometa la osadía de rozarme sin permiso. Abro los ojos únicamente porque no hay ser humano en el mundo capaz de vivir sin pestañear. Si por mí los mantendría cerrados día y noche. Pero es un reflejo involuntario, como respirar, como los latidos.

Vivo atada de pies, manos y esperanzas. No me fío de mí misma, porque sé que, si los suelto, cabe la posibilidad de que no pueda volver a doblegarlos nunca más. Una vez los dejé libres y no volveré a repetirlo. La nitidez del recuerdo me lacera los sentidos.

Aquel día el tiempo cambió y amenazaba tormenta. Los remolinos se agolpaban alrededor de la casa ululando en mis oídos. El más insistente de todos venció con fuerza un postigo. Y entraron el aire, la luz, las ganas, el desvarío… Entre ellos, camuflado, te colaste tú. Venías disfrazado de brisa liviana, de esas que alivian. Reventaste mi coraza con los iris encendidos.

Pero tu calor duró poco. Fue perdiendo fuerza y se consumió en un lapsus de tiempo que se me antojó un suspiro. Así son los remolinos. Llegan de golpe, marean, arrastran todo a su paso, cuando se marchan devastan lo que ven en su camino.

Y volví a quedarme sola.  De nuevo sola. Encerrada, con mis ganas y envuelta en mi desvarío. Me bebí de trago los gritos de súplica e impedí que el sol volviera a entrar.

Hace ya tanto tiempo que me condené a vivir así que ya ni siquiera recuerdo el motivo…


Texto: Rosa Muro @pink_wall




lunes, 17 de junio de 2013

LA TORRE Y EL CABALLERO






Aquel caballero vestía con desaliño. Su barba descuidada y unas manos de extraordinario tamaño le conferían aspecto de hombre rudo. Pero bajo esa apariencia escondía un corazón tendente a la ternura. Sabía que no podía permitirse el lujo de revelar semejante debilidad a sus enemigos, siempre al acecho, atentos a un paso en falso que él pudiera dar, ávidos de venganza y anhelantes de poder. 

Por eso portaba una coraza que mandó hacer a medida al herrero de la aldea. No era una coraza cualquiera. Estaba fabricada con los materiales más resistentes del Reino. Él mismo se encargó de salir a buscarlos. No se fiaba de nadie más. Recorrió minas recónditas y parajes abruptos. Eran lugares en los que ningún otro súbdito se atrevía a adentrarse. 

Cuando regresó con su botín, el herrero, al ver todo aquello, preguntó: 

- Pero, ¿qué necesidad hay, señor, de que porte una armadura de tamaña envergadura? ¿Acaso teme a las lanzas, las flechas y las espadas de aquellos que le desean el mal?

A lo que el caballero respondió: 

- Mi único temor, el que me roba las noches y me atenaza los días no está en la aldea. Mi mayor miedo se encuentra ahí arriba.- Señaló hacia la torre que, en lo alto de una loma, se erigía majestuosa sobre el pueblo. 

– Ella. Esa extraña doncella. Vive enclaustrada en la torre y me tiene fascinado. Nadie la ha visto nunca, pero dicen que una mirada suya enloquecería al hombre más cuerdo. Me robará el corazón y no puedo permitirlo.

El herrero le dio un par de palmadas secas en la espalda y con voz risueña le respondió: 

- Ya no tiene sentido temer, señor, porque su batalla está perdida. Ninguna coraza, por invencible que parezca, le podrá proteger del embrujo de una dama.