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| Fotografía: Fran Gala @erfran72 |
Creímos ser almas gemelas durante un instante. Nos buscamos
con los ojos cerrados y la ilusión abierta de par en par. Y mientras tanto, la
incertidumbre se nos paseaba por las espaldas.
Arriesgamos nuestro confort emocional y lo expusimos de
forma desgarradoramente consciente a las espinas. Y nos pinchamos, y sangramos,
y nos curamos las heridas a base de noches de alcohol e insomnio al imaginar al
otro aún despierto en la distancia.
En vez de soltarnos el pelo desatamos las querencias, partimos
nuestro centro en dos para tener algo que ofrecernos y nos intercambiamos los
pedazos para volver a sentirnos de nuevo completos y recompuestos.
Bailamos descalzos bajo la tormenta, quedando a merced de
los relámpagos, de la oscuridad, del viento, aun sabiendo casi a ciencia cierta
que no había futuro para aquella danza de la lluvia. Cuando amainó caminamos en
silencio, uno al lado del otro, sin cogernos de la mano, bajo un cielo plomizo
cansado de teñirse una y otra vez sobre las aguas.
Y a pesar de todo dijimos que sí. Corrimos el riesgo. Porque
decir no habría sido peor que arriesgar. Decir no habría supuesto quedarse
encadenado a la duda de por vida. Y no nos arrepentimos jamás. Ni lo haremos. Fue
el mismo viento el que nos secó las ropas y las esperanzas y nos devolvió el
calor perdido. Porque no intentarlo hubiera sido resignarse. Y resignarse es
dejarse morir en vida.
Para dejarse morir siempre hay tiempo. Eso sí, tarde, muy
tarde, cuando ya no queden fuerzas que agotar, ni riesgos que correr, ni lluvia
bajo la que bailar.
Texto: Rosa Muro @pink_wall
Nota: Si habéis llegado hasta aquí quiere decir que hemos superado el período estival y os tenemos de vuelta, cuestión que nos llena de alegría y nos anima a seguir adelante con la misma ilusión que antes del verano. Gracias por seguir confiando en nosotros. Sigamos manteniendo, entre todos, las pupilas bien abiertas. ¡Bienvenidos de vuelta!
