| Fotografía: Fran Gala @erfran72 |
Al principio de perderte temí olvidarme tu rostro. Tu piel
curtida por el sol, las arrugas que conformaban el mapa de tu historia. Aquella
media sonrisa de dientes intermitentes. Pero sobre todo me aterraba que de mi
memoria se fuese atenuando el recuerdo de la chispa de tus ojos, cada vez más
chiquitos, de un azul tan intenso como el mar que jamás te cansabas de mirar. Yo
creo que por eso tenían aquel color tan increíble. Si te asomabas mucho a ellos
te acababas sumergiendo en tu Mediterráneo del alma.
Ese miedo a tu olvido se atenúa gracias a la certeza de que
siempre voy a recordar tu olor. Olías a tabaco de liar, a
caramelos de café y a loción de afeitado de la de toda la vida. Así, todo
junto. Cuando echarte de menos se hace insoportable siento ganas de salir
corriendo a comprar esas tres cosas e intentar hacer la mezcla para probar si,
tal vez, con el experimento, volvieras durante un ratito a mí.
Siento pena. Pena infinita. Y rabia a raudales. Pena por no
haber podido despedirme. Rabia porque tu partida ha privado a mis hijos
de disfrutarte como todos merecíais. Tus nietos apenas te recuerdan. Ya casi no
me preguntan aquello de por qué no te dejan volver del Cielo aunque sea por sus
cumpleaños. El tiempo, cuando eres pequeño, actúa de bálsamo y la mente se
acaba ocupando en juegos y nuevas aventuras. Ojalá yo pudiese volver a ser
niño.
Pese a todo me siento afortunado. Sé que cada vez que quiera
puedo volver al malecón y explicarles a los chicos que aquel era tu lugar favorito.
Sé que puedo sentarme en tu rincón preferido, asomarme al mar y adentrarme de
nuevo en tus ojos. A veces incluso tengo la sensación de que la espuma de las
olas huele a loción de afeitar. De la de toda la vida.
Texto: Rosa Muro @pink_wall
