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lunes, 2 de diciembre de 2013

LA BÚSQUEDA

Fotografía: Fran Gala @erfran72



Llevaba dos vidas y casi una muerte buscándole. Infinitos latidos desacompasados, innumerables bocanadas de aire ahogadas, miles de centímetros de piel ajena explorados. De sus dos primeras vidas guardaba vagos recuerdos, anestesiada por el sinsentido, por la obsesión por no perderse una sola oportunidad, un solo olor, la más mínima señal en el semblante de un desconocido, por si fuera ÉL.

Sin embargo recordaba con increíble nitidez aquella vez en que se asomó al abismo de la muerte. La tarde templada, la brisa del mar acariciándole las pestañas, ella relajando todos sus músculos al borde del precipicio, dejándose caer hacia adelante, asomada al abismo de aquel mar embravecido. Todavía no tenía claro cuál fue la razón que le hizo dar un paso atrás en el último segundo.

Llevaba dos vidas y casi una muerte deambulando por calles teñidas de blanco y negro. Recorriendo sus rincones con la esperanza dolida de encontrarse con ÉL a la vuelta de cualquier cansada esquina. Décadas subiendo cuestas con la respiración entrecortada por el esfuerzo. Años frenando con los pies y con el corazón en las bajadas más empinadas, en un intento vano por no dejarse llevar por la inercia de la autocompasión y el olvido cuando le flaqueaban las fuerzas.

Y de pronto, el día más deslavado, el que tenía la luz más gris, aquel en que ni los pájaros cantaban, sucedió. Como ocurren las mejores cosas de la vida. Justo cuando uno no lo espera porque ha tirado la toalla y ha dejado de buscar víctima del desencanto. Fue entonces cuando ocurrió. Tal vez porque su mente se relajó, su cuerpo abandonó aquel estado permanente de alerta y las ganas decidieron que ya no podían más.

La esquina precisa, el momento adecuado. Allí estaba ÉL. En mitad de una  noche que deslumbraba a golpe de luna. Dos vidas y casi una muerte esperándole y apareció cuando había dejado de creer en posibilidades. Cuando llevaba noches dejándose adormecer por los abrazos de la incredulidad y el hastío. ÉL. Apostado en la pared, bajo una farola, silbando aquella melodía que ella había escuchado en sueños todas y cada una de las madrugadas de sus dos vidas.

Las calles, con cada nota de aquel silbido, poco a poco, recuperaron su color. La incredulidad desapareció. El hastío se perdió entre callejuelas. Y ella volvió a partir de cero. Volvieron a partir de cero. Comenzaron una nueva vida. Porque a la tercera va la vencida. 


Texto: Rosa Muro @pink_wall



lunes, 23 de septiembre de 2013

LAS CALLES MUERTAS

 
Fotografía: Fran Gala @erfran72




Al salir de la iglesia el día le cegó. Siempre le ocurría igual cada vez que volvía al pueblo. Se sentía envuelto por una luz diferente, más intensa, más blanca. Tal vez se debiera a que las fachadas que el Ayuntamiento obligaba a blanquear cada temporada actuaban de espejo y todos los rayos apuntaban inexplicablemente hacia él. Siempre. Se despidió de los asistentes con un ligero movimiento de cabeza. No había sido un funeral multitudinario, pero tampoco esperaba mucho más. Su padre nunca tuvo buen carácter ni ganas de hacer amigos. Ni en casa ni fuera de ella.

Se dirigió con paso lento hacia el único bar del pueblo. Siempre que pensaba en su progenitor lo recordaba en la terraza de aquel bar. Volvía del campo, se cambiaba las botas manchadas de tierra por unas zapatillas de esparto, se lavaba las manos y sin decir palabra se dirigía hacia allí. Pedía una cerveza, liaba un cigarrillo, lo encendía y lo dejaba consumir entre los dedos mientras veía a los paisanos desfilar delante de él. Todo ello sin mediar palabra. Siempre solo.

El local estaba cerrado. Se sentó en una silla desvencijada que había junto a la puerta y se encendió un cigarro. No tenía cerveza que acercarse a los labios pero aun así fijó la mirada al frente. Exactamente igual que solía hacer él. Pero ahora ya no había nadie a quien observar. El pueblo estaba desierto. Las fachadas seguían encaladas pero los socavones de la calle continuaban sin arreglar. La barandilla de la terraza necesitaba una mano de pintura. Hasta los tiestos que adornaban la acera habían dejado morir a sus propias plantas.

No había sentido pena durante el proceso de la enfermedad. Ni siquiera en el sepelio. No le habían emocionado las palabras del párroco, ni los pésames, ni siquiera el lúgrube sonido del órgano de la iglesia. Nada. Se sentía hueco por dentro. Pero de pronto la nostalgia se apoderó de él. Se le anudó a la garganta, le trepó por la nuca y se le aferró a los ojos. Se le mezcló con la luz que irradiaban aquellas malditas fachadas. Y rompió a llorar.   

Lloró por aquel hombre huraño y solitario. Por una infancia triste en blanco y negro. Lloró por los gestos de cariño que se perdieron en el camino. Y por aquel pueblo ahora muerto. Muerto como su padre. Lloró porque a pesar de lo que él le había reprochado mil veces, los hombres sí lloran. Y las lágrimas no cesaron de brotar hasta que el cigarrillo se le consumió entre los dedos. No paró hasta que a aquellas macetas les volvieron a brotar flores. Porque ya no había nadie a quien mirar pasar. 


Texto: Rosa Muro @pink_wall