Mostrando entradas con la etiqueta banco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta banco. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de diciembre de 2014

MÁS TRENES QUE MADRUGADAS



Fotografía: Fran Gala @erfran72


Acabo de ver pasar mi tren. O tal vez no haya sido en este mismo instante. Quizás haga ya un siglo desde que partió. No lo tengo claro porque no puse atención a su marcha cuando debí hacerlo.

Desde que lo vi salir vivo sumergido en una desorientación temporal. No sé cuándo es hoy, si mañana ya ha llegado, si el futuro existe o si simplemente me mantengo absorto en una ensoñación que me obliga a seguir adelante.

Siento miedo al intentar calcular cuánto tiempo hace que dejé partir el vagón al que sólo subió el que yo creía mi destino. Sólo recuerdo que su paso me sorprendió mirando embobado hacia otro lado. Y allí me quedé, anclado en al andén, sin capacidad de reacción. Desde entonces permanezco sentado en el banco de la estación. Creo que hace mucho tiempo de aquello porque me han crecido la barba, las uñas y la pena.

Me levanto con movimientos pesados y salto del apeadero a las vías con algo de dificultad. Me arrodillo frente a ellas. Ladeo la cabeza, la apoyo en uno de los travesaños e intento adivinar si se aproxima un tren nuevo. Los hierros incandescentes me marcan la mejilla para siempre. El dolor hace que, en un acto reflejo, me lleve la mano a la cara intentando adivinar el alcance de esa nueva cicatriz. Tengo la cara en carne viva y lo único que me arde es el pecho.

Tras explorar los estragos en mi rostro miro el mapa que conforman las palmas de mis manos. Por dejar pasar mi tren se me ha desdibujado hasta la línea de la vida. Por dejarlo ir, todas las fotografías que tomo desde la estación salen desenfocadas y en color sepia.

Benito, que lleva más de tres décadas de guardagujas, me dice al verme allí día tras día que no debería preocuparme. Que hay más trenes que madrugadas. Creo que haré caso de sus consejos. Al fin y al cabo no hay nadie en el pueblo que entienda más de asuntos ferroviarios que él. 

Texto: Rosa Muro @pink_wall

lunes, 13 de octubre de 2014

ESTRELLA

Fotografía: Fran Gala @erfran72



La hermana Sofía siempre me decía que me auguraba un futuro con estrella. Le gustaba hacer aquel juego tonto de palabras con mi nombre. Cada mañana, al entrar al dormitorio para despertarnos, cantaba. Aquel canturreo es uno de los recuerdos más dulces de mi infancia en el orfanato.

Los domingos de visita siempre vestías un abrigo color burdeos. Olías a hierbabuena y a jabón de Marsella. Me abalanzaba sobre ti y me hacía un ovillo en tu regazo sin darte tiempo a desprenderte de aquel gabán viejo y deslucido. Tenías aspecto cansado, pero a mí me parecías la madre más bella del mundo. Salíamos del convento y paseábamos hasta el banco que había bajo el puente. Allí pásabamos horas y horas de risas y confidencias.

Empecé a apuntar tus faltas a nuestra cita semanal en una libreta de música. Por cada ausencia tuya yo dibujaba una corchea negra en el pentagrama. Cuando se agotaron todas las hojas no quise comprar otro cuadernillo más.  Compuse una sinfonía completa, triste y sin sentido.

La hermana Sofía me acariciaba el pelo mientras repetía una y otra vez: -Un futuro con estrella, niña.-

Yo sonreía a la monja, le besaba en la mejilla, consciente de su incipiente demencia y la dejaba en su mundo para regresar al mío, al crudo, al real. Pobrecita. Lloraba en silencio cuando llegó el momento de salir de allí  y empezar a volar sola. Aquel día, sorprendemente, recordaba mi nombre. Me gritaba: -¡Estrella!- y agitaba la mano sonriendo mientras las lágrimas le surcaban las mejillas.

Encontré tu carta una mañana de hierba escarchada, revolviendo en el fondo de un armario.  Apareció el cuadernillo de música y la carta dentro de él. Me senté en la escalera del porche, estupefacta,  al ver tu nombre en el remite. Me temblaban las manos. No la pude abrir. No allí. Me vestí con ropa cómoda y me encaminé hacia nuestro banco, bajo el puente, frente al río. Me senté y la leí.  

Querida Estrella:



Te llevo en mi pensamiento cada segundo, cada latido. Mi vida en prisión es llevadera, no te preocupes por mí. El mayor dolor de mi corazón fue no poder darte un abrazo y explicarte qué iba a pasar antes de ingresar aquí. Pedí a Sor Sofía que lo hiciese en mi nombre y que te entregase estas letras. Confío en que lo hizo así. Volveremos a estar juntas. Te lo juro. En cuanto salga de aquí iré a buscarte. Y no volveremos a separarnos jamás. Te doy mi palabra.



Te quiere

Mamá.

La carta estaba fechada quince años atrás. Hacía ya siete que yo había inciado mi vida de adulta, al cumplir la mayoría de edad. Y tan sólo unos meses desde que el Alzheimer se había llevado a Sor Sofía.

Guardo la carta dentro de mi libreta, empapada de aquella sinfonía triste y gris. Es lo único que me queda de ti. No cumpliste tu palabra. No has venido a buscarme. Ni siquiera sé si quiero conocer el motivo. Al menos tengo la certeza de que la hermana tenía razón. Tengo estrella. Una estrella grande y brillante que me acaricia el pelo desde el cielo y me sonríe agitando la mano mientras canturrea con suavidad para despertarme cada mañana. 


Texto: Rosa Muro @pink_wall





lunes, 23 de junio de 2014

EL AMIGO DE NICO

Fotografía: Norberto Santos @norbertosl

Queridos pupileros:

Como muchos sabréis nuestro blog tiene alma mitad sevillana mitad pamplonica. Es por eso que ya nos encontramos calentando motores para disfrutar de los festejos en honor a San Fermín. Esta semana queremos compartir con vosotros un pequeño relato con el que hemos participado en el IV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín, en el que se nos retaba a contar algún aspecto de las fiestas en tan sólo 204 palabras. Seguro que muchos de los que nos leéis desde Navarra os veréis reflejados en nuestro personaje. Esperamos que disfrutéis tanto leyéndolo como nosotros escribiéndolo. No ha habido suerte en el concurso, pero ya estamos con las pupilas bien abiertas en busca de ideas para la convocatoria del año que viene.
Os animamos a dejarnos un comentario sobre vuestra experiencia en los Sanfermines si es que habéis tenido la suerte de poder vivirlos en directo. Ahí va nuestra historia:





Corrió despavorido intentando escapar del cabezudo con cara de vinagre. Atravesó la plaza entre el gentío, ensordecido por el sonido de las charangas, buscando un escondite. Al ver el portalón entró sin pensar. El silencio le paralizó un instante, pero enseguida decidió que aquel lugar le gustaba.  

Se acercó a un banco y se sentó. El tintineo de las velas le tuvo entretenido un rato. Entonces le vió. Tenía la tez morena, sonrisa cercana y mirada chispeante. Le guiñó un ojo. A él le dio la risa y se tapó la boca intentando ocultar que le faltaba un diente.

-  Hola Nico. Hacía mucho que no venías por aquí.

Abrió los ojos como platos al escuchar su nombre. Se puso tan nervioso que le entraron ganas de hacer pipí.

-  No temas, pequeño. Tus padres vinieron a verme cuando naciste. Es normal que no me recuerdes.

Nico se puso colorado, balbuceó algo y salió corriendo atolondradamente empujando a su paso un atril que cayó al suelo con estruendo. El moreno soltó una carcajada.

Se abrió de nuevo la puerta de la iglesia y entró un grupo de turistas. Él se ajustó la mitra y recompuso el gesto estático. Pero sus ojos divertidos continuaban chispeando. 


Texto: Rosa Muro @pink_wall


lunes, 9 de junio de 2014

UN DÍA DE FIESTA

Fotografía: Fran Gala @erfran72





¡Saludos, pupiler@s! 


Esta semana continuamos con nuestras colaboraciones mensuales de otros escritores diferentes de Rosa Muro (@pink_wall). Esta vez le hemos hecho llegar una de las fotografías de Fran Gala a nuestro amigo Ricardo García para que inventara una historia cuyo resultado nos ha enganchado de principo a fin. Como comprobaréis, es más larga de lo habitual, pero nos ha gustado tanto que pensamos que  no le sobra ni una coma. Esperamos que el resultado os agrade tanto como a nosotros. ¡Gracias Ricardo! Estamos seguros de que vais a disfrutar de su pericia con las palabras, su imaginación y su creatividad. Si os quedáis con ganas de más podéis leerle en netbookk, un rincón maravilloso cargado de sugerente sensualidad. 
Os dejamos ya con su relato:




-         Ya se acercan, papá – me dice Pablo, bajando rápido de la silla y asomándose a la puerta.

Al fondo de la calle ya se pueden escuchar los tambores y empiezan a verse los primeros gigantes y cabezudos. El desfile está a punto de llegar a la puerta del Bar de Manolo, porque para mí siempre será así, por mucho que quien esté ahora detrás de la barra haya venido de muy al este, tenga los ojos rasgados y casi no sepa hablar nuestro idioma.

-         ¿Cuánto es? – le pregunto al camarero.

-         Un eulo – me contesta, con ese acento particular, y sonriendo tan amable como siempre.

-         Aquí tiene. Gracias – me despido con una media sonrisa, dejando una pequeña propina.

Y aunque no podría jurar que fuesen los mismos, al fin y al cabo, es gracias a ellos por lo que puedo estar ahora de nuevo en mi ciudad, a la que no había vuelto desde hacía muchos años…

-         Vamos Papá, que ya llegan – me recuerda Pablo estirándome nervioso de la manga. Excitado ante la posibilidad de ver, por fin,  a los Gigantes y Cabezudos de los que tantas veces me ha oído hablar.

Hoy es el día grande de las Fiestas Patronales, que empezaron ayer y acabarán mañana. Pero en ocasiones, si el calendario lo permite, la ciudad se contagia de la alegría de la incipiente primavera y empalma uno detrás de otro hasta cinco días de fiesta en los que le dice adiós al riguroso invierno de estas tierras para recibir con fiestas, pasacalles y mucha alegría, a las flores, al sol y a la nueva cosecha, símbolo de prosperidad. 

Esos días de fiesta de hace unos cuantos años, fueron mi punto de inflexión, el momento, la oportunidad que aproveché, desesperado, para acabar con una temporada aciaga de mi vida que había comenzado cuando cerraron la fábrica para recalificar los terrenos y tuve que empezar a aceptar trabajos por cuatro duros. Mientras hubo obras en marcha la cosa fue medio bien, me apañaba con la paleta y sabía de electricidad, pero llegó la maldita crisis y las cosas se torcieron aún mas. Maria enfermó y su enfermedad no solo se llevó la alegría de la casa, sino que consumió buena parte de los ahorros que habíamos podido reunir durante tantos años de esfuerzo. Al final tuvimos que malvenderlo todo a estafadores y usureros que aparecieron por allí oliendo la carroña, como un tal López, que enseguida se hizo muy amigo del alcalde. Juntos, querían echarnos de nuestra casa porque al recalificar unos terrenos cercanos, la Ley nos obligaban a pagar las obras de urbanización a los vecinos y muchos de nosotros no podíamos hacerlo. El banco, junto con López y el alcalde, habían planeado la jugada para hacerse con todo y construir una urbanización de lujo.

Pero justo cuando estaba más desesperado, un pequeño golpe de suerte hizo que me saliera un trabajo en el banco para arreglar los baños y hacer algunas chapucillas en la sucursal. Como querían gastarse poco dinero, acepté trabajar en negro, los fines de semana y por las tardes. No tuvieron más remedio que dejarme ver los planos ya que las instalaciones eran muy viejas y podía acceder a todas las dependencias del banco. Una tarde, estando revisando la instalación eléctrica, me di cuenta de lo fácil que sería entrar por un tabique muy delgado que comunicaba con la tienda de al lado, pero deseché la idea. Lo mío siempre había sido trabajar. Al fin y al cabo yo era una persona honrada, pensé para mis adentros. Pero al día siguiente mientras revisaba el falso techo escuché sin querer, a través de los conductos de ventilación, una conversación en el despacho del director, que me hizo cambiar de opinión...

Escuché la voz del Alcalde, también pude distinguir que estaban López, una mujer y el director. Entre los cuatro hablaban de repartirse un suculento adelanto que recibirían de la constructora a la cual le habían prometido unos terrenos donde construir una urbanización de lujo y un campo de golf. 

Según decían, el dinero, varios millones, llegarían en efectivo el viernes siguiente justo antes de empezar las fiestas y el director se encargaría de guardarlo en una de las cajas de seguridad: la 533, la de López: “la más grande”, les escuché bromear entre carcajadas.

En ese momento decidí que esa sería mi oportunidad. Así que lo preparé todo para dar el golpe durante las fiestas del pueblo. Bastó con dejar unos falsos tabiques tapados con placas de escayola, un acceso por el falso techo a la sala de las cajas de seguridad y un circuito eléctrico alternativo para inutilizar las cámaras de vigilancia durante unas horas. Del Bar de Manolo, donde comía a diario, me procuré unos restos de bocadillos y latas de bebidas vacías, lo metí todo en el congelador dentro de bolsas, procurando no dejar huellas. En dos días ya lo tenía todo preparado, y solo quedaba esperar.

El viernes por la mañana pude ver como un furgón blindado dejó varias sacas de dinero que el mismo director se encargó de guardar. Por la tarde le dije al interventor que tenía que salir antes y me marché dando un fuerte portazo. En realidad, volví sobre mis pasos sin que me vieran y me escondí en un hueco que había preparado en el almacén moviendo una estantería medio metro hacia delante esperando a que todos se hubieran ido.

Pasadas las dos de la madrugada, cuando estuve seguro de que no quedaba nadie y aprovechando el ruido de la verbena en la plaza, hice un agujero en el tabique que comunicaba con la tienda de al lado, moviendo los escombros para dejarlos dentro del banco y tapé mi escondite con los tabiques de pladur y la estantería. Por el hueco que había preparado en el falso techo me colé dentro de la sala de las cajas, anulando las cámaras y las luces con el puente eléctrico que había instalado y busqué la 533. No me resulto difícil reventar la cerradura y sacar el contenido. Efectivamente había muchísimo dinero, todo en billetes de 100 y 200 euros, algunos documentos y dos libretas negras. Lo guardé todo en una mochila, y antes de marcharme tuve la precaución de dejar esparcidos por el suelo varios de los billetes y los restos de comida congelada. Además abrí otras cajas y tiré por el suelo todo lo que se encontraba dentro, organizando un pequeño caos. Al cabo de media hora, salí del banco por el boquete que comunicaba con la tienda y desde allí escapé por la puerta de atrás que daba a un callejón. rompiendo la cerradura por fuera para hacer ver como que la habían forzado. 

Dos calles más abajo había un solar, limpiado de escombros recientemente, donde López pretendía construir un hotel. Salté la tapia y escondí la mochila en el hueco de una vieja chimenea que había al fondo, tapé el agujero con una madera que había dejado allí. Volví al callejón y me quité el mono, los guantes y la gorra que llevaba. Los metí en una bolsa de basura y los arrojé a un contenedor tres calles más para allá. Rodeando la verbena de la plaza, me fui hacia el bar de Manolo, antes de entrar cogí una pequeña botella de coñac que había preparado, le eché un trago, me tiré el resto por encima, y entré dando tumbos en el bar. 

No me fue difícil encontrar unos jovencitos forasteros con ganas de bronca. Me costó una paliza y pasar entre el cuartelillo y el hospital esa noche y todo el día siguiente, pero ya tenía fabricada la coartada perfecta. Cuando el lunes por la mañana entraron a trabajar al banco, yo estaba saliendo de las urgencias del hospital acompañado por un enfermero, con un brazo en cabestrillo, el ojo morado y contusiones en todo el cuerpo. Por supuesto no puse ninguna denuncia, y cuando la policía me fue a buscar a casa como sospechoso por el atraco, solo tuve que enseñarles el parte de lesiones del Hospital. Registraron toda la casa, la furgoneta, el patio … me estuvieron interrogando muchas horas y me llevaron a comisaría para comparar mis huellas, pero al cabo de dos días, me dejaron tranquilo.

Ese mismo jueves, fui al banco a decirle al director que no podía acabar las obras de la sucursal; a cobrar por el trabajo realizado y a decirles que si querían les enviaba a un amigo que las podría terminar. Me recibió visiblemente nervioso, sin casi mirar mi factura me pagó en efectivo y me dijo que no hacía falta que viniera nadie, que ya se las apañarían. Al salir hablé con la interventora que me contó como la policía había tomado huellas de todos los empleados y de que le habían comentado que el trabajo parecía obra de unos profesionales que buscaban algo en concreto. Todos ellos eran sospechosos, el Director sobre todo.

Tardé dos semanas en volver al solar. Una madrugada recuperé la mochila y con la excusa de que tenía que descansar de la paliza, me marché lejos con Pablo. Paramos en un camping, a mucha distancia de nuestra ciudad y allí pude ver, por fin, lo que tenía la mochila. Más de tres millones de euros en billetes usados de todos los tamaños en paquetes sellados al vacío; documentos de escrituras de propiedades a nombre de López y de otras personas y, lo mejor de todo: las libretas. Una relación detallada de nombres, fechas y cantidades pagadas, a políticos y funcionarios municipales de varias ciudades como prueba irrefutable de sus sobornos y malas artes.

El dinero lo guardé en un escondite que construí, al volver, en casa y continué con mi vida normal. Poco a poco, pasó el tiempo. Pablo iba creciendo y eso me permitía dejarlo con una tía contándole la excusa de que me había salido un trabajo en otra ciudad. Fui cambiando, sin prisas, todo el dinero hasta hacerlo desaparecer. Con el dinero limpio, me compré una pequeña casa en una ciudad al otro lado del país, la reformé, la amueblé y abrí un comercio. Al cabo de tres años, cogí a mi hijo, cerré la casa y desaparecí. Mientras, aprovechando cada viaje, iba dejando cartas anónimas con fotocopias de las libretas de López destinadas a dos conocidos periodistas. Poco a poco les fui enviando las piezas de un puzzle que solo se podía componer si juntaban las informaciones que les había ido enviando. Al final, le conté la verdad a uno de los dos y este publicó inmediatamente su parte, el otro se dio cuenta rápidamente de que lo que tenían en las manos era una bomba y, sin que sirviera de precedente, decidieron colaborar. 

A López lo pillaron tratando de cruzar la frontera de Brasil escondido en un camión de piñas. Al alcalde y al director del banco les acusaron de complicidad y les cargaron el muerto del atraco. Uno a uno fueron cayendo concejales, secretarios y toda la trama de políticos y funcionarios corruptos y, al final supe de carambola, quién era aquella mujer que escuché hablar en el banco: la abogada de la compañía constructora que pagó, con su cargo y varios años de cárcel, las culpas de su empresa. Una vez todo estuvo en orden quemé las libretas.

Hoy, es día de Fiesta y volviendo a ver desde la acera en enfrente, la estatua del ángel alado que corona el edificio del banco, en la misma puerta del Bar de Manolo y con Pablo a mi lado, disfrutando de las risas y de la música, no puedo dejar de sonreír al pensar en que la única persona que podía haberme delatado, la única que sabía que había jurado dejar de beber sobre la tumba de Maria, la que me había escuchado todas las penas durante años y sabía exactamente por todo lo que había tenido que pasar: Manolo, el del Bar, hubiera recibido, casualmente, una suculenta oferta por su local a los dos meses del atraco por parte de un abogado que después de vaciarlo, lo mantuvo cerrado durante un año, hasta que se lo vendió a unos chinos.

Miro la estatua y pienso en Manolo: en las veces que me había confesado su sueño para cuando pudiera jubilarse y marchar al sur, al pueblo de sus padres a tostarse al sol y pescar. Pienso en su mirada interrogante aquella noche y en el leve guiño que le mandé antes de recibir el primer puñetazo. 

Nunca volví a saber de él, pero me consta que todas las navidades, mi tía que también lo conocía y a la cual nadie va a tirar de su nueva casa, recibe una postal donde se ve una playa llena de barcas de pescadores. No lleva remitente y solo pone: “Feliz día de fiesta”, pero para mí, eso es más que suficiente.


Texto: Ricardo García
Twitter: netbookk
About.me:  netbookk

lunes, 24 de febrero de 2014

INSOLENCIA

Fotografía: Fran Gala @erfran72


¡Saludos, pupiler@s! 
Esta semana continuamos con una serie de colaboraciones de otros escritores diferentes de Rosa Muro (@pink_wall), nuestra creadora de relatos habitual. Esta vez le hemos brindado una de las fotografías de Fran Gala a su tocayo Francisco Javier Muñoz para que diera rienda suelta a su imaginación. Esperamos que el resultado os guste tanto como a nosotros. ¡Gracias Javi! Esperamos que disfrutéis de su habilidad contando historias y de su frescura. Si os quedáis con ganas de más podéis leerle en lamenagerieintime.com.



Antes de llegar a casa me di un último paseo por la ciudad.

Afortunadamente no coincidí con muchas personas y llegué hasta el solitario banco donde, unos meses antes, había visto aquel cuerpo. Era un muerto insolente, deseoso de transmitir con su semblante una tranquilidad que en ningún modo le pertenecía. Por eso me cayó mal aquel muerto y por eso me alegré de no haberlo conocido en vida, porque rapaces arrogantes como él, incluso después de muertos, es lo que sobra. Quién puede compadecer a un muerto que pretende engañar con esa cara tranquila. Yo al menos lo odié en cierto modo, en la medida en que se puede odiar a un cadáver, y decidí no moverlo de ese banco; dejar que su rostro azul siguiera intentando esconderse entre sus antebrazos, con los pies colgándole a escasos centímetros del suelo.

Lo abandoné, si es que es posible abandonar a un muerto, y en los quince minutos de camino que me llevaron de vuelta al casa traté de olvidarlo; en ningún momento lo toqué, ni me acerqué demasiado; al abandonarlo con tal indulgencia sentí que me sería fácil olvidarlo, y así lo hice.

Miré, digo, el banco, lo vulgar que era, la mediocre elección del hombre que decidió dejarse caer, allí, para morir. Me alegré de no haber corrido su misma suerte y de que aún me quedasen tres o cuatro años de verdadera vida por delante. También me acució, en cierta manera, el saber que no hay tiempo que perder y todas esas jodidas leyes macabras a pesar de que nunca he sido un existencialista ni he querido exprimir el tiempo con ansiedad; contrariamente, siempre he sido partidario de una cierta placidez.

Lo único que estaba claro es que no me quedaba ni un segundo más allí, así que hice las maletas, me metí en el coche y me fui sin decir nada, pensando en lo catastrófico. 

Texto: Francisco Javier Muñoz 



lunes, 16 de diciembre de 2013

LA LUCHA

Fotografía: Fran Gala @erfran72




Echó un último vistazo a su alrededor antes de salir. Los pocos muebles que había podido salvar permanecían ocultos bajo viejas sábanas para protegerlos del polvo. Las persianas cerradas apenas dejaban adivinar pequeños puntos de luz que se reflejaban en sus pupilas humedecidas. Aun así sonrió pensando que entre aquellas cuatro paredes su familia había sido feliz.

Deslizó los dedos suavemente por las muescas que su marido había tallado en el marco de la puerta del salón. Cada una de ellas correspondía a un año de vida de sus hijos. Aquella casa los había visto crecer, reír, aprender, ilusionarse. Aquellos que la habitasen a partir de entonces iban a ser dichosos a la fuerza. Porque tanto amor impregnado en el ambiente, tanta lucha, no podían caer en saco roto.

De camino a la salida acarició con cariño el gotelé que tanto detestaba hasta entonces y que soñaba con quitar cuando hubiesen conseguido ahorrar algo de dinero. Abrió el cajetín del cuadro eléctrico y bajó el interruptor. Se obligó a salir de allí con la cabeza erguida, secándose las lágrimas con la manga del abrigo desgastado, sin mirar atrás.

Ya en la calle una mezcla de viento e impotencia le arrasó los ojos. Cargaba en el bolso con un cansancio infinito que le agotaba las ganas de seguir. Cuanto más pesaba aquel maldito bolso más despreocupados le parecían los paseantes que caminaban a su lado, sin cargas al hombro que les blanquease el pelo y les oscureciese la mirada.

Pensó en un último intento desesperado, volver a hablar con el director de la sucursal, volver a suplicar. El cansancio le agarrotaba los músculos del alma y no le dejaba ni pensar. Las lágrimas se convirtieron en un río de rabia incontrolable. Buscó con la vista cegada un lugar en el que recuperar la calma. Tenía que recoger a los niños, no podían verla así. Se acercó a un banco y se recostó hasta tumbarse colocando el abrigo a modo de almohada. Cerró los ojos.

- Sólo un minuto. Enseguida me repongo. A veces siento que no puedo más…


Texto: Rosa Muro @pink_wall