
Sentía que el mundo se había parado en aquella esquina. Echó otro vistazo al reloj y comprobó que las manecillas seguían girando. Las cuatro horas que llevaba allí le estaban lacerando el alma. Doscientos cuarenta minutos de tortura interminable. No quería hacer la cuenta de aquellos segundos que le ardían por dentro. Alguien dijo una vez que la espera desespera. A él le estaba haciendo perder la cabeza. El corazón le latía desbocado, le sudaban las manos y las sienes le martilleaban hasta el punto de creer que le fueran a estallar en mil pedazos. Qué mas daba ya, si hacía mil vidas que su pensamiento ya no le pertenecía a él, que sólo existía por y para ella. La recordaba la noche anterior, sentada en el suelo del baño de aquel hotel, con las piernas cruzadas, la espalda apoyada en la bañera y esa camiseta gris desgastada que le quedaba grande, observándole divertida mientras él se afeitaba e inundando con su risa la habitación. Pero había una imagen que le quemaba aún más. Cómo se incorporó despacio, se acercó a él por detrás, le rozó el cuello con los labios y le susurró al oído con dulzura: "Mañana tú y yo nos iremos lejos". Pero mañana era hoy y él continuaba esperando.