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lunes, 10 de marzo de 2014

CAFÉ A LAS 6

Fotografía: Fran Gala @erfran72



No podía quitarle los ojos de encima, parapetado tras la barra. En cuanto la vio en la puerta se quedó paralizado mirándola. Sujetaba una jarra de leche caliente a medio camino de la taza de un cliente que tuvo que increparle para que prestase atención a lo que estaba haciendo. Eran las seis en punto.

Llevaba el cabello ondulado, de un tono castaño rojizo que reflejaba la luz de aquella tarde cálida que amenazaba primavera. Recogidos a medio lado, los mechones le caían por delante del hombro como un broche precioso sobre el pecho. La boca, maquillada con carmín frambuesa, destacaba casi más que sus enormes ojos color café en una piel clarísima salpicada de minúsculas pecas. Poseía unos rasgos que a él se le antojaron perfectos.

La mujer avanzó taconeando con paso seguro entre las mesas y eligió la más alejada del mostrador para tomar asiento. Se despojó de los guantes y el abrigo y se acomodó a la espera de que le tomasen nota. Él continuaba tras la barra, haciendo ver que secaba vajilla con un trapo, pero sólo acertaba a sacar brillo al mismo vaso una y otra vez. Su jefe le hizo un gesto impaciente con la cabeza para que se acercase a preguntar a la nueva clienta qué deseaba tomar.

Presionado por el dueño se armó de valor y se dirigió a la mesa del fondo. - Buenas tardes señorita. ¿Qué va a ser?-. Le sorprendió que su propia voz sonara inesperadamente desenfadada y serena. Ella pidió un café con aire distraído.

Ni siquiera alzó la mirada mientras hablaba con él. Parecía muy ocupada escudriñando el local como si buscase algo o a alguien. En la mesa, bajo los guantes, asomaba un libro cuyo título no se dejaba ver. No le hacía falta. Sabía perfectamente de qué novela se trataba. Titubeó un momento antes de darse media vuelta y encaminarse a la barra. Preparó el café, lo colocó sobre el mostrador y otro compañero se lo acercó a la mesa.

La siguiente media hora se les hizo eterna a ambos. Ella, conforme pasaba el tiempo, se mostraba cada vez más inquieta. Bebía a pequeños sorbos como si no deseara terminar. Fijaba la vista en la puerta cada vez que se abría y ojeaba el reloj una y otra vez. Él, escondido tras la cafetera, la observaba sin ser visto mientras cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro, presa del nerviosismo.

Finalmente la mujer se levantó de la mesa y con gesto resignado se marchó. Él salió de su escondite, recogió la taza vacía, la rozó con sus propios labios y la guardó en su taquilla acariciándola. Sabía que aquello era lo más cerca que iba a estar de besar a aquella mujer jamás. El acto de cobardía que acababa de protagonizar le alejaría de ella para siempre. Una cita a ciegas no había sido la mejor de las ideas. El amor es para los valientes. 


Texto: Rosa Muro @pink_wall


lunes, 27 de enero de 2014

AUTOBÚS SIN PARADA

Fotografía: Fran Gala @erfran72

¡Saludos, pupiler@s! 

Esta semana emprendemos nueva aventura dando cabida a la colaboración de otros escritores diferentes de Rosa Muro (@pink_wall), brindándoles una de las fotografías de Fran Gala para que den rienda suelta a su imaginación y nos deleiten con nuevos relatos. Estas colaboraciones se repetirán el último lunes de cada mes. El encargado de romper el hielo es Carlos Font (@melmastia), estupendo con la pluma y gran amigo de la casa. ¡Gracias Carlos! Esperamos que disfrutéis de su pericia con las letras, de las que podéis seguir gozando en su blog: melmastia. Os dejamos con su historia.




Conozco perfectamente el momento en que ocurrió, mentiría si dijera que no. Lo llevo grabado en la retina, en la mente y en el corazón. Cada minuto que pasa me arrepiento de ello y me entran ganas de volver atrás, de retroceder en el tiempo y cambiarlo. Pero no puedo.

Muchas noches me levanto sobresaltado, sudado, jadeando y con el corazón desgarrado. En la oscuridad busco tu cuerpo, anhelando que el sueño haya sido eso, un simple sueño y que el roce de tu piel caliente me reconforte como tantas otras veces. Pero no, no ha sido un sueño, como confirma la inmensidad del vacío que hay en el lado derecho de la cama, al que me acerco, una y otra vez, intentando captar algo de tu olor, de tu fragancia, de tu esencia, que me devuelva otra vez al mundo de los sueños. Pero no lo consigo.

Por eso hoy, al verte en la parada del autobús el corazón me ha dado un vuelco y, cuando se han cruzado nuestras miradas me ha parecido ver un destello en tus ojos. Pero tras los cuatro segundos más largos de mi vida has bajado la cabeza, te has metido las manos a los bolsillos y has vuelto a mirar hacia el asfalto.

Y, ahora, ahí estamos, tú en la parada del autobús y yo dos metros detrás. Separados por un plano de Madrid, que se me antoja inmenso, como la ciudad. Tú deseando que no llegue el autobús, a la espera de que yo junte el valor suficiente para pedirte perdón. Y yo deseando que no llegue el autobús, intentando juntar el valor suficiente para pedirte perdón.

Pero el autobús llegará. Tú te irás a casa de tu amiga, con la que vives desde que te fuiste, a no contarle que me has visto, para no llorar de nuevo en su hombro, pues sabes que te volverá a decir que no te merezco, y yo a mi casa, a llorar por mi cobardía, por tu ausencia y por el error de besar a esa amiga tuya que, pese a acogerte en su casa, tampoco tiene las agallas suficientes para decirte que el sujetador que encontraste en mi casa era suyo, pues tampoco quiere perderte.


Texto: Carlos  Font (Twitter: @melmastia, blog melmastia)