Fotografía: Fran Gala @erfran72 |
No podía quitarle los ojos de encima, parapetado tras la
barra. En cuanto la vio en la puerta se quedó paralizado mirándola. Sujetaba
una jarra de leche caliente a medio camino de la taza de un cliente que tuvo
que increparle para que prestase atención a lo que estaba haciendo. Eran las
seis en punto.
Llevaba el cabello ondulado, de un tono castaño rojizo que
reflejaba la luz de aquella tarde cálida que amenazaba primavera. Recogidos a medio
lado, los mechones le caían por delante del hombro como un broche precioso sobre
el pecho. La boca, maquillada con carmín frambuesa, destacaba casi más que sus
enormes ojos color café en una piel clarísima salpicada de minúsculas pecas.
Poseía unos rasgos que a él se le antojaron perfectos.
La mujer avanzó taconeando con paso seguro entre las mesas y
eligió la más alejada del mostrador para tomar asiento. Se despojó de los
guantes y el abrigo y se acomodó a la espera de que le tomasen nota. Él
continuaba tras la barra, haciendo ver que secaba vajilla con un trapo, pero
sólo acertaba a sacar brillo al mismo vaso una y otra vez. Su jefe le hizo un
gesto impaciente con la cabeza para que se acercase a preguntar a la nueva
clienta qué deseaba tomar.
Presionado por el dueño se armó de valor y se dirigió a la
mesa del fondo. - Buenas tardes señorita.
¿Qué va a ser?-. Le sorprendió que su propia voz sonara inesperadamente
desenfadada y serena. Ella pidió un café con aire distraído.
Ni siquiera alzó la mirada mientras hablaba con él. Parecía
muy ocupada escudriñando el local como si buscase algo o a alguien. En la mesa,
bajo los guantes, asomaba un libro cuyo título no se dejaba ver. No le hacía
falta. Sabía perfectamente de qué novela se trataba. Titubeó un momento antes
de darse media vuelta y encaminarse a la barra. Preparó el café, lo
colocó sobre el mostrador y otro compañero se lo acercó a la mesa.
La siguiente media hora se les hizo eterna a ambos. Ella,
conforme pasaba el tiempo, se mostraba cada vez más inquieta. Bebía a pequeños
sorbos como si no deseara terminar. Fijaba la vista en la puerta cada vez que
se abría y ojeaba el reloj una y otra vez. Él, escondido tras la cafetera, la
observaba sin ser visto mientras cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro,
presa del nerviosismo.
Finalmente la mujer se levantó de la mesa y con gesto
resignado se marchó. Él salió de su escondite, recogió la taza vacía, la rozó con sus propios labios y la guardó en su taquilla acariciándola. Sabía que
aquello era lo más cerca que iba a estar de besar a aquella mujer jamás. El acto
de cobardía que acababa de protagonizar le alejaría de ella para siempre. Una cita a ciegas no había sido la mejor de las ideas. El amor es
para los valientes.
Texto: Rosa Muro @pink_wall
¡Cuántas veces he estado a este lado de la barra del mismo bar, mirando a la camarera y deseando decirle algo más que "un café solo, por favor"!. Pero no es por cobardía, sino por timidez, por inseguridad o por el miedo al rechazo. A ciertas edades nos infravaloramos, porque pensamos que lo físico es lo que importa, lo físico... y ¡qué equivocados estamos!.
ResponderEliminarTienes mucha razón. Por suerte el tiempo te enseña que lo que buscamos en el otro y viceversa poco tiene que ver con una cuestión meramente física. ¡Gracias por tu comentario Julián!
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