Blog de fotografía artística y microliteratura. Pequeñas historias que toman como protagonistas a las imágenes que las inspiran. Nuestro universo particular visto a través de la pupila y de la imaginación.
martes, 23 de diciembre de 2014
lunes, 1 de diciembre de 2014
MÁS TRENES QUE MADRUGADAS
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| Fotografía: Fran Gala @erfran72 |
Acabo de ver pasar mi tren. O tal vez no haya sido en este
mismo instante. Quizás haga ya un siglo desde que partió. No lo tengo claro
porque no puse atención a su marcha cuando debí hacerlo.
Desde que lo vi salir vivo sumergido en una desorientación
temporal. No sé cuándo es hoy, si mañana ya ha llegado, si el futuro existe o
si simplemente me mantengo absorto en una ensoñación que me obliga a seguir
adelante.
Siento miedo al intentar calcular cuánto tiempo hace que
dejé partir el vagón al que sólo subió el que yo creía mi destino. Sólo
recuerdo que su paso me sorprendió mirando embobado hacia otro lado. Y allí me
quedé, anclado en al andén, sin capacidad de reacción. Desde entonces
permanezco sentado en el banco de la estación. Creo que hace mucho tiempo de
aquello porque me han crecido la barba, las uñas y la pena.
Me levanto con movimientos pesados y salto del apeadero a
las vías con algo de dificultad. Me arrodillo frente a ellas. Ladeo la cabeza,
la apoyo en uno de los travesaños e intento adivinar si se aproxima un tren
nuevo. Los hierros incandescentes me marcan la mejilla para siempre. El dolor
hace que, en un acto reflejo, me lleve la mano a la cara intentando adivinar el
alcance de esa nueva cicatriz. Tengo la cara en carne viva y lo único que me
arde es el pecho.
Tras explorar los estragos en mi rostro miro el mapa que
conforman las palmas de mis manos. Por dejar pasar mi tren se me ha desdibujado
hasta la línea de la vida. Por dejarlo ir, todas las fotografías que tomo desde
la estación salen desenfocadas y en color sepia.
Benito, que lleva más de tres décadas de guardagujas, me
dice al verme allí día tras día que no debería preocuparme. Que hay más trenes
que madrugadas. Creo que haré caso de sus consejos. Al fin y al cabo no hay
nadie en el pueblo que entienda más de asuntos ferroviarios que él.
Texto: Rosa Muro @pink_wall
Etiquetas:
andén,
banco,
blanco y negro,
destino,
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fotografía,
madrugadas,
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sepia,
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vías
lunes, 24 de noviembre de 2014
NO ME ESPERES
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| Fotografía: Fran Gala @erfran72 |
No me esperes. No te recrees en los
lodos del recuerdo de mis arrepentimientos. Ya no soy constante. Ni tan
siquiera mantengo un atisbo de linealidad. Te empeñas en que volveré, negándote
a aceptar que la constancia es, por fin, la más invisible de mis virtudes. No
voy a regresar a ti.
No me esperes. No te marques días
señalados ni lugares especiales. Deja ya de celebrar aniversarios, primeras
veces y últimos abrazos. No pongas flores frescas en el jarrón ni me invoques
en tu almohada para acariciarme el pelo. Ya es tarde.
No fabules. No sueñes con que un día
me giraré buscándote entre el gentío, me arrancaré el corazón y te lo entregaré
sin reservas de nuevo. No imagines que me abandonaré entre tus brazos
otorgándote el perdón. Porque he crecido más allá de las nubes y no tengo
intención de descender. Porque ya no soy quien era.
No me esperes. No me pienses en
nuestro rincón favorito del jardín. No creas que llorarme allí a medianoche va
a provocar cambio alguno. Me hiciste sentir la letra pequeña al final del
contrato. Rescindo nuestra unión y te absuelvo de cualquier pecado.
Si acaso guarda una pizca de
esperanza, la mínima posible. Pero no me esperes. Me mantengo
al margen de la ley de lo esperado abriendo ojos propios y callando bocas
ajenas. Mis decisiones ya no
consienten la marcha atrás. Ahora marco mis propias reglas.
Ahora me quiero.
Texto: Rosa Muro @pink_wall
lunes, 17 de noviembre de 2014
LA SONRISA CONGELADA
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| Fotografía: Fran Gala @erfran72 |
Lucía una piel perfecta, bronceada en su justa medida y los ojos rasgados enmarcados por pestañas infinitas. Tenía un cabello largo y ondulado con reflejos dorados impecables y unas piernas eternas que hacían suspirar a quienes en secreto soñaban con ella. Se aparecía etérea a ojos de quienes la miraban. Se esforzaba hasta el agotamiento para proyectar esa imagen.
Sentía un rechazo carente de lógica hacia la sencillez.
Pensaba que al presentarse ante los demás sin artificios sus defectos se
tornarían evidencias. Creía firmemente que al adornar su aspecto y su actitud
conseguía disfrazar inseguridades y miedos.
Pasaba horas enteras frente al espejo buscando imperfecciones
que sólo vivían en su imaginación. Se preocupaba por arrugas todavía
inexistentes y olvidaba que el surco que formaba su sonrisa poseía más atractivo que cualquier lápiz de
labios de precio inconfesable. Su propio reflejo sólo le devolvía una sonrisa
congelada.
Llenaba de barroquismo sentimental el gran vacío que se
negaba a admitir que sentía. Cuanto más retorcidas eran sus relaciones más se
aferraba a ellas. Su mala suerte crecía en la misma proporción en que
maquillaba su vida. Tuvieron que esfumarse su belleza, su juventud y el marido
millonario con quien se casó pese a que no le hacía feliz. Tuvo que perderlo
todo para encontrarlo todo.
Una noche, al saberse sola, sin un céntimo y con la piel
ajada, se sentó frente al tocador. Comenzaron a brotar todas las lágrimas que
no se había permitido derramar en el pasado. Su rostro se escondía tras capas
de maquillaje que habían formado una máscara aparentemente imborrable con
el paso del tiempo. El llanto arrastró
toda aquella pintura de guerra. Para su sorpresa ante ella se mostró un rostro
sereno, surcado de pliegues, pero todavía hermoso.
Se le abrieron los ojos ya limpios
hasta vislumbrar la clave. Había librado una gran batalla contra la visión que
de sí misma tenían los demás. Una imagen enferma, distorsionada, que la
mantenía confundida y la convertía en pobre de espíritu. Le había costado más de siete décadas llegar a
una conclusión tan simple como certera: En la sencillez reside la belleza.
Texto: Rosa Muro @pink_wall
lunes, 3 de noviembre de 2014
INVISIBLES
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| Fotografía: Fran Gala @erfran72 |
El amanecer despierta desesperanzado de nosotros. El alba ya
no le echa ganas al mundo. Hace tiempo que no nos tiene fe. Los rayos de sol
nos persiguen intentando acariciarnos la piel y casi siempre se quedan a las
puertas de lograr templarnos. Nuestra prisa les esquiva y acaban finalmente
dándose por vencidos. Se dan media vuelta cabizbajos y con los hombros
encogidos. Nos dejan por imposibles, con la tez cetrina, sin brillo y la mirada
opaca de sueños.
Corremos. Corremos intentando llegar a lugares que sabemos
inalcanzables de antemano. Tenemos la certeza de que la perfección que
anhelamos no existe. Y a sabiendas de todo esto nos aferramos a esa quimera.
Nuestro afán nos envuelve en una necedad ciega que ni siquiera nos molesta. Rozamos
los límites de la ridiculez y nos convertimos en seres absurdos y patéticos.
Escalamos cimas sin pararnos en los miradores a apreciar el
paisaje. Empujamos a la cuneta a quienes creemos que nos puedan adelantar en la
subida. Llegamos incluso a pisotear los cuerpos sin vida de quienes se quedaron en el
camino. Intentamos conquistar el fin del mundo cuando tan siquiera sabemos
apreciar el regalo que supone el inicio de un nuevo día.
Vivimos tan acelerados que nuestra esencia se desintegra. Nos
acabamos desdibujando. No olemos, no sentimos, no palpamos. Perdemos la
capacidad de ver a los demás. Nuestro propio reflejo se pierde. Somos
invisibles.
Menos mal que la naturaleza, pese a su desesperanza hacia
nosotros, es generosa y no se rinde. Nos sigue dando el voto de confianza que no
deberíamos merecer. Por eso cada mañana vuelven los rayos de sol que parecían
vencidos para darnos una nueva oportunidad. Quizás deberíamos probar a
permanecer inmóviles y dejarnos templar.
Texto: Rosa Muro @pink_wall
Etiquetas:
alba,
amanecer,
cima,
color,
desesperanza,
fotografía,
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perfección,
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reflejo,
sol
lunes, 20 de octubre de 2014
CUANDO NO ESTÉS
| Fotografía: Fran Gala @erfran72 |
Cuando no estés el resto del
mundo sólo me mirará y ni siquiera alcanzará a verme. Me convertiré en
espejismo etéreo de lo que fuimos. Mi colchón entrará en fase lunar creciente, se hará inmensidad.
Sus extremos se desdibujarán y su ancho no tendrá fin.
Cuando no estés la Tierra ya no
girará bajo mis pies. Permanceré inmóvil en mi órbita de dos. El tiempo se
parará porque tú ya no volteas nuestros relojes de arena. Se me deshilachará el
ribete de todas las faldas que me cosiste a besos. No habrá hilo en el mundo
que los pueda rehacer.
Cuando no estés el mar me salpicará
los ojos. La sal me nublará la vista y te lloraré con la sonrisa empapada en
salitre y los pies mojados y vivos. Mis heridas se abrirán desgarradas y la sal
escocerá como nunca. De todos mis dolores el tuyo será el mas dulce.
Cuando no estés se desatarán
todas las tormentas antes jamás nacidas. Un rayo atronador me alcanzará el
corazón de lleno. Y nunca más mis latidos volverán a acompasar.
¡Qué gran suerte la mía, amor!
Porque siempre vas a estar.
Para N.
Te quiero.
Texto: Rosa Muro @pink_wall
lunes, 13 de octubre de 2014
ESTRELLA
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| Fotografía: Fran Gala @erfran72 |
La hermana Sofía siempre me decía que me auguraba un futuro
con estrella. Le gustaba hacer aquel juego tonto de palabras con mi nombre. Cada
mañana, al entrar al dormitorio para despertarnos, cantaba. Aquel canturreo es
uno de los recuerdos más dulces de mi infancia en el orfanato.
Los domingos de visita siempre vestías un abrigo color burdeos.
Olías a hierbabuena y a jabón de Marsella. Me abalanzaba sobre ti y me hacía un
ovillo en tu regazo sin darte tiempo a desprenderte de aquel gabán viejo y
deslucido. Tenías aspecto cansado, pero a mí me parecías la madre más bella del
mundo. Salíamos del convento y paseábamos hasta el banco que había bajo el
puente. Allí pásabamos horas y horas de risas y confidencias.
Empecé a apuntar tus faltas a nuestra cita semanal en una
libreta de música. Por cada ausencia tuya yo dibujaba una corchea negra en el
pentagrama. Cuando se agotaron todas las hojas no quise comprar otro
cuadernillo más. Compuse una sinfonía
completa, triste y sin sentido.
La hermana Sofía me acariciaba el pelo mientras repetía una
y otra vez: -Un futuro con estrella, niña.-
Yo sonreía a la monja, le besaba en la mejilla, consciente
de su incipiente demencia y la dejaba en su mundo para regresar al mío, al crudo,
al real. Pobrecita. Lloraba en silencio cuando llegó el momento de salir de
allí y empezar a volar sola. Aquel día,
sorprendemente, recordaba mi nombre. Me gritaba: -¡Estrella!- y agitaba la mano
sonriendo mientras las lágrimas le surcaban las mejillas.
Encontré tu carta una mañana de hierba escarchada,
revolviendo en el fondo de un armario.
Apareció el cuadernillo de música y la carta dentro de él. Me senté en
la escalera del porche, estupefacta, al
ver tu nombre en el remite. Me temblaban las manos. No la pude abrir. No allí. Me
vestí con ropa cómoda y me encaminé hacia nuestro banco, bajo el puente, frente
al río. Me senté y la leí.
Querida Estrella:
Te llevo en mi pensamiento cada segundo, cada latido. Mi
vida en prisión es llevadera, no te preocupes por mí. El mayor dolor de mi
corazón fue no poder darte un abrazo y explicarte qué iba a pasar antes de
ingresar aquí. Pedí a Sor Sofía que lo hiciese en mi nombre y que te entregase
estas letras. Confío en que lo hizo así. Volveremos a estar juntas. Te lo juro.
En cuanto salga de aquí iré a buscarte. Y no volveremos a separarnos jamás. Te
doy mi palabra.
Te quiere
Mamá.
La carta estaba fechada quince años atrás. Hacía ya siete
que yo había inciado mi vida de adulta, al cumplir la mayoría de edad. Y tan sólo
unos meses desde que el Alzheimer se había llevado a Sor Sofía.
Guardo la carta dentro de mi libreta, empapada de aquella
sinfonía triste y gris. Es lo único que me queda de ti. No cumpliste tu palabra. No has venido a buscarme.
Ni siquiera sé si quiero conocer el motivo. Al menos tengo la certeza de que la
hermana tenía razón. Tengo estrella. Una estrella grande y brillante que me acaricia el
pelo desde el cielo y me sonríe agitando la mano mientras canturrea con
suavidad para despertarme cada mañana.
Texto: Rosa Muro @pink_wall
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